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Lo escrito por Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983) recuerda que la novela atraviesa por una serie de enfoques que la vuelven más versátil, menos convencional, como la fusión de géneros de la que hablaba George Steiner. Tanto Salvador Elizondo como Esther Seligson no solían preocuparse por el género que abordaban, preferían evitar establecer uno específico, y la razón estaba en que así se sentían más cómodos, libres. Acaso como pudo haberse sentido Luiselli al escribir este libro.
Se trata de una genealogía sobre cuatro generaciones de mujeres: la bisabuela, la abuela, la madre y la hija. La mayoría del libro es narrado por la madre y las últimas partes por la hija, quien reúne una serie de fotografías polaroid de los distintos lugares que visitaron en Sicilia. La madre, sabiendo que la bisabuela italiana tuvo Alzheimer, escribe una novela-ensayo para que la abuela la traduzca y así intenta tener ocupado el cerebro de su progenitora con la idea de ahuyentar esa enfermedad. De tal modo, decide incorporar una suerte de diario de viaje ataviado con lecturas de los mitos antiguos, además de crónicas de la vida en Catania. La esencia medular de la historia está en cómo una madre, tras un tormentoso divorcio, recupera su vida al lado de su hija.
Mientras la madre lee y escribe; la hija lee, dibuja o toma fotos. Se dan tiempo para conocer el entorno que las rodea, intentando exorcizar miedos, decepciones amorosas, soledades. Cuando la hija decide volver a nadar en aguas abiertas, una medusa le quema la piel de la frente. Y esto podría interpretarse como una metáfora, una prueba de que confiar en las personas conlleva riesgos. La madre sostiene una relación amorosa con un hombre al que decide llamarle turista, quizá para no sentir un apego y protegerse contra el desamor. En cierta forma, la madre evita quemarse con su “medusa”.
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¿Qué es Principio, medio, fin? Una suerte de mosaico marino como el que figura en la portada del libro. Ahí puede verse un pez espada, a partir de un fragmento de azulejos de Poseidón, pertenecientes al Museo de Mosaicos de Zeugma, Gaziantep, Turquía. La escritura fragmentaria, predominante en el volumen, hace que se piense en la narrativa de Margo Glantz, quien define su acercamiento a la prosa como si alguien contemplara los mosaicos de Rávena, en donde a una distancia corta se observan colores en pequeñas dimensiones, pero ya de cerca se aprecia una imagen completa. Saña es un libro de Glantz que opta por lo fragmentario, acaso experimental, más cercano al ensayo que la novela, aunque con elementos de autoficción.
En ese sentido, Luiselli hereda de Glantz esa visión fragmentaria. Y esta última a su vez, ya lo ha externado, toma alguna idea de exploración de la memoria elaborada por Georges Perec. El escritor francés se encuentra más cercano al ensayo, a la autobiografía y su maestra, en ese terreno, como él mismo lo ha identificado, es la japonesa Sei Shonagon, autora de El libro de la almohada. Precisamente es Perec el que define de esta forma el acto de escribir: “Tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva”. Esta última frase parece ser uno de los principios básicos de lo hecho por Luiselli: la madre quiere que la memoria de la abuela sobreviva a la atrocidad del tiempo y desea que su hija logre superar sus miedos a dormir sola, además de vivir una nueva cotidianeidad sin su padrastro ni hermanastro. Así intentan recobrarse ellas mismas, como si fueran parte de las capas geológicas de la corteza terrestre.
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El libro correría el riesgo de parecer algo muy sencillo, casi banal, mas no lo es por las exploraciones a mitos y partes de la historia antigua, el ambiente marino que recorre sus páginas, y por los instantes de metaliteratura que le proporcionan estructura. Se presentan ecos de El libro vacío (1958), de Josefina Vicens, narradora que aborda la infructuosa vida de José García, quien tiene el propósito de escribir un libro. García aborda su existencia y, en cierto modo, bajo el velo del fracaso muestra su interés por escribir una historia cuando en realidad ya ha contado su vida. Con Valeria Luiselli se distinguen miradas en retrospectiva a una autora que está escribiendo un libro, por eso define la ficción, la novela, el ensayo, y persiste en su propósito de generar un texto. Porque, como refiere una cita de Annie Ernaux en un texto sobre la demencia de su madre, mencionado por la autora: “Escribir un libro sobre la mamá de una suscita inevitablemente la pregunta sobre la escritura misma”. Aquí no hay un José García, sino una madre que quiere ordenar su vida en medio del caos y lo hace a partir de la escritura.
Luiselli rescata mitos, trozos de historia que le dan soporte a sus fragmentos o revisiones de la cotidianeidad, como lo que hace Irene Vallejo tanto en sus artículos periodísticos como en El infinito en el junco. Elige un tema y lo investiga con minucia hasta que encuentra el mito, la leyenda, la referencia histórica de ese asunto. Luego procede a recrearlo como si estuviera ocurriendo en ese momento, y no se hubiera congelado en el tiempo o empolvado en los libros. El lector tiene la certeza de haber aprendido algo nuevo desde la perspectiva de la autora y, a la vez, ella aprovecha para abordar sus inquietudes sobre la maternidad. Esto se enlaza con lo hecho por Valeria Luiselli, tanto por escrudiñar pacientemente en la Historia como por ofrecer una mirada desacralizada sobre la maternidad, en donde se tienen aciertos, errores, aprendizajes, dudas; para ambas autoras la maternidad es un camino de subidas y bajadas, plagado más de incertidumbres y acompañamientos que de certezas. A diferencia de Vallejo, Luiselli no se muestra obnubilada por el cine hollywoodense.
El libro adopta como guía el índice de la Historia Natural de Plinio, el Viejo, escrita en el año 77 d. C, la primera enciclopedia de la que se tiene noticia. La explicación es que la hija, interesada en las revelaciones de Plinio, acomoda la historia que ha escrito su madre y le da un orden con la catalogación de este libro. De tal suerte que los elementos de la naturaleza, los planetas, eclipses solares, y demás fenómenos quedan registrados como subtítulos de la escritura fragmentaria, ideas incesantes que circulan en estas páginas. Queda latente el temor de la madre porque su ficción se convierta en una no ficción, un obstáculo que logra ser salvado.
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