Si no existe la palabra desojada como sinónimo de estar sin ojos, David Toscana ha hecho necesario pronunciarla. Mirarla, acariciarla como lo hacen los personajes, los quince mil anónimos coagulados en un párrafo de la historia del mundo. Anónimos que ahora llevan nombre a partir de la escritura de la novela ganadora del premio Alfaguara 2026, El ejército ciego. Qué venganza más cruel, más efectiva en su sentido práctico y emocional pudo ser aquella que la historia registra cuando en 1014 el emperador bizantino Basilio, después de la victoria en la batalla de Klyuch, devuelve sin ojos a los quince mil prisioneros búlgaros a su tierra. Sólo uno de cada cien será el faro del grupo con un solo ojo. Tuertos y ciegos marcharán de regreso a casa, volverán inútiles para ser un recordatorio permanente de la derrota y una carga continua para los demás. El zar Samuel morirá tres días después de verlos.

A partir de ese registro, apenas un suspiro en los anales de la historia, Toscana posa la perplejidad frente a semejante hecho, e imaginando lo posible, desmenuzando la conducta humana tanto en el largo trayecto de los mutilados de regreso a casa como ya entre los suyos, dignifica a los individuos, les concede un pasado y un presente ciego, les permite la tristeza, divertirse y sobrevivir. Les pone ojos de canica, que con tino vende el judío Moskono, los devuele inútiles a sus faenas, a sus familias, a sus amores, a otras familias que los adoptan fingiéndose padres para usarlos como fuerza de trabajo. La voz de uno de ellos, un testigo que en primera persona se mezcla con los otros, se amalgama la retacería de las múltiples historias: la de Kozaro, el escriba, que posee el lenguaje aunque no tenga ojos, Prémeld el carpintero que labra muñecas que recuerdan a su hija perdida, Timotéi el titiritero, Nikifor el panadero, Apóstol, el espantapájaros que ciegos fracasan en sus oficios, producen engendros, absurdos, incomodidades, piedad.

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Entrevista con el escritor David Toscana. Foto: Hugo Salvador/ EL UNIVERSAL
Entrevista con el escritor David Toscana. Foto: Hugo Salvador/ EL UNIVERSAL

¿Y qué hacer con los ojos arrancados de sus cuencas por Maese Zósimo, el maestro saca ojos, acostumbrado a faenas breves pero no a la desmesura que lo enloquece, que muta por la posibilidad de injertar ojos de cerdo y que alguien tenga mirada de casquería? Todo es posible, parece susurrarnos el autor, para llenar esos huecos oscuros, para fingir el color de los ojos, la mirada, para tener un lugar en el mundo, el respeto de los otros y que nadie nombre monstruo al padre y al marido que no puede mirar, aunque los ojos falsos sean un simulacro de días mejores.

Así David Toscana imagina el peregrinaje colectivo de aquel ejército ciego, un grupo informe que en el camino ha inventado un juego para pasar el tiempo bateando los glóbulos oculares, donde la identidad es también los ojos que llevas. Porque estos hombres no sólo llevan pena y ceguera a cuestas, como todos, quieren jugar y reír, tomar menos en serio su irreversible condición. El mar estaba ahí para volvernos niños, y nunca hubo niños ciegos tan contentos en el mar. ¿Qué se hace con los ojos que ya no habitan el cuerpo? ¿Cómo se dispone de ellos? ¿Cuál es su funeral y su entierro?

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La agudeza narrativa de Toscana, desplegada en novelas anteriores donde la mirada sobre el absurdo y la crueldad, que no me atrevería a llamar humor negro sino una forma desnuda de mirar, se recarga en el lado ingenuo y dulce de nuestra condición. Por algo uno de los ciegos cuenta: Nuestra noche era eterna. La juerga también.

El lector recordará el absurdo tierno que aflora en Santa María del Circo con aquel grupo que se revela ante el nomadismo de su condición circense y se fuga para arraigar en un pueblo abandonado, abrazarse a la taza del escusado o en El peso de vivir en la tierra, donde un apasionado lector de los clásicos rusos hace de un puñado de regiomontanos personajes y autores de novelas. Toscana siempre sabe dónde está la sed de ser. Nuestras cojeras y sueños, qué es lo que nos da una altura de vida que haga de lo mortal y vulgar soportable. Ser a través de la lectura, de los oficios, del amor, de cómo nos miran los otros, del papel de cada uno en la comunidad hasta el absurdo. Así de aquel ejército que llenaría un estadio de futbol, el autor desmarca y elige a ciertos personajes para atender su historia particular. Les ofrece ese bautizo literario, les concede un lugar y un antes y un después de la ceguera. Pero la ceguera no es simplemente no ver, son dos oquedades en el rostro, es cómo nos ven los demás, cómo nos relacionamos con ese órgano esférico y dado por hecho, que ha reclamado su lugar en nuestras expresiones verbales: ver para creer, volver a verte, hasta donde la vista alcance, sin miramientos, y un largo etcétera con que nos movemos en el mundo. Así la necesidad de despedirse de los ojos, de encontrar los propios, de solazarse en los más claros que eran diferentes a los de los demás, de qué surja un nuevo oficio: un fabricante de ojos para vestir el rostro, para que aquel monstruo que la esposa y los hijos se resisten a mirar pueda ocupar un lugar más amable en su paisaje cotidiano. Por la novela desfilan el carpintero, el herrero, el panadero, el padre, el esposo, el amante, el numerista que lleva la cuenta de todo y que se indigna con los números redondos (tan redondos como un párrafo cerrado que consigna esta fechoría histórica) para quienes los ojos son indispensables. Resalta en la novela la prosa impecable, contenida, como si el bisturí de Maese Zósimo hubiese despojado de aquello inservible al texto, de lo que restara ritmo y pulcritud, belleza en medio del despropósito y lo descarnado de la mutilación.

Sacar ojos fue una práctica común, la novela de David Toscana nos recuerda alusiones bíblicas en donde la crueldad y la exhibición de las partes del cuerpo forman parte del mito. Los senos de Santa Lucía, la cabeza de Jenofonte. Edipo rey se saca los ojos y en una escena del rey Lear de Shakespeare, una de las hijas de Lear saca los ojos a Glocester por lo que considera su traición. (Cornualla: ¡No la verás jamás! ¡Muchachos sostened la silla! Voy a posar mi pie sobre tus ojos. … Cornualla arranca un ojo a Gloster. Regania: Un ojo se mofaría del otro; el otro ojo también.) Lo hace con una facilidad que nos estremece a pesar de vivir en una época donde cuerpos desmembrados y decapitaciones son prácticas intimidatorias de la delincuencia contemporánea.

Si El ejército ciego es parienta de El ensayo sobre la ceguera del Premio Nobel José Saramago, pues en ambas observamos la condición humana aflorando en todas sus dimensiones, las argucias para sobrevivir, el abuso y la corrupción, mientras la del portugués se hunde en la noche, la de Toscana parece iluminar la oscuridad con gestos y actos nobles. La novela de Toscana dialoga con una de sus novelas admiradas, que hace varios años leí contagiada por su emoción: El general del ejército muerto de Ismaíl Kadaré. Un general es comisionado para desenterrar a los soldados italianos muertos en la Segunda Guerra Mundial en territorio albanés para identificarlos y repatriarlos. Los ejércitos, su propósito y despropósito, la pulverización del individuo ante la pertenencia a “un cuerpo armado, de combate” inquietan al autor que ha desenterrado del párrafo-lápida sobre quince mil ciegos, los sueños y las risas, las penas y las trifulcas, el sentido de pertenencia y de ser útil, les ha devuelto un nombre y un oficio y un lugar en su ciudad, y les ha dado una oportunidad épica, cuando Gavril Radomir prohibe la ceguera en su reino.

Quizás la escritura misma es esa prohibición a no ver, es un acto de aliento épico con el cual el autor distingue su voz y su mirada entre la multitud. La dignidad, parece decirnos Toscana, no se puede extraer con el bisturí, y es la palabra la que da luz y memoria a la ruindad de los humanos.

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