“Si vuelves encontrarás todo cambiado. Otra ciudad usurpa el sitio de la tuya. En principio no reconocerás nada. Luego verás que en medio de las ruinas […] sobreviven extrañamente tus puntos de referencia: tu casa, la Secretaría de Gobernación, la Secretaría de Educación…”. Así, desde su columna periodística, conversaba hace treinta y ocho años el maestro José Emilio Pacheco con el fantasma de Ramón López Velarde. Corría el 13 de junio de 1988. La fecha es importante porque estaban en su apogeo los festejos por el centenario del poeta de Jerez.

Ya entonces su figura, su obra y su legado eran motivo de polémicas y discusiones. El autor de Las batallas en el desierto reconocía que él mismo era “uno más de sus buitres y chacales” interesados en investigar a fondo cualquier detalle relacionado con Ramón Modesto López Velarde Berumen. “Has caído en manos de la policía judicial literaria”, le advierte Pacheco al espectro, y con su habilidad para azuzar el interés de los lectores, admite que ha hurgado en el pasado del poeta. Que aquello que él llama investigación sería repudiado por López Velarde como “chisme, libelo, asalto inadmisible a la intimidad”. Echando leña al fuego, Pacheco reconoce: “en vez de llevarme a la cárcel, me publican artículos y me invitan a dar conferencias y hasta me pagan”.

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Crédito: Fernanda Rojas/ Archivo de El Universal
Crédito: Fernanda Rojas/ Archivo de El Universal

Por el centenario del poeta, Pacheco había preparado una serie de tres artículos: la primera entrega comienza por recordar quién estaba detrás de poemas como “La niña del retrato” y “La dama de los guantes negros”: se trataba de Margarita Quijano, una maestra diez años mayor que López Velarde. No obstante, la verdadera revelación estriba en establecer que Margarita no solo fue musa sino mentora. Porque sin su influencia y sin las lecturas que le compartió, López Velarde jamás habría sido el magnífico poeta que fue. Margarita era lectora de tiempo completo: titular de las cátedras de Francés, Literatura Universal y Lengua y Literatura Castellanas en la Escuela Normal. Un perfil así, en la época, era “un gran pecado en un medio represivo, misógino, machista y corrompido por los devoradores de resúmenes y paseadores de libros”. Cuando Ramón López Velarde se acercó a la profesora era un pobre diablo, un abogado sin clientela y un político en bancarrota. Así, el autor de La Suave Patria no se explicaría sin aquella maestra que “leía todo, lo sabía todo y para colmo decía lo que pensaba”.

López Velarde “fue persona un tiempo y perdura como un fantasma”, señala Juan Villoro en la introducción a Retrato hablado. Evocación de un fantasma (El Colegio Nacional, 2021) obra en un acto escrita por él en 2021 y montada en ese mismo año por la Compañía Nacional de Teatro. La pieza no pretende quemar incienso al poeta, sino indagar en las complejidades de su vida. No se trata de una ocurrencia: en el siglo XXI pocos han hurgado en la vida y obra de López Velarde con la pasión y el cuidado con que Villoro lo ha hecho. Basta recordar que en su discurso de ingreso al Colegio Nacional, el 25 de febrero de 2014, Villoro abordó la influencia que el jerezano ha ejercido en la narrativa: baste decir que autores como Jorge Luis Borges, Juan José Arreola, Jesús Gardea y Daniel Sada abrevaron de López Velarde. Además confiesa cómo inició uno de sus proyectos narrativos más apasionantes cuando el poeta Luis Miguel Aguilar le dijo “se ha dicho todo sobre López Velarde, lo que falta es convertirlo en personaje”.

A inicios de este milenio, Juan Villoro asumió esa tarea. Él mismo ha contado que en 2001 leyó un borrador de su proyecto en la Casa del Poeta, en el sitio mismo donde había muerto el autor de La sangre devota. El libro creció y ganó complejidad hasta convertirse en El Testigo (Anagrama, 2004), fascinante novela de 470 páginas.

Galardonada en 2004 con el prestigioso premio Herralde, El Testigo cuenta el regreso a México de un intelectual llamado Julio Valdivieso, quien lleva más de veinte años viviendo en Francia: tras la derrota del PRI en las elecciones del año 2000, el país vive tiempos convulsos. Como resultado de esa turbulencia no sólo el futuro, también el pasado se pone a discusión. La novela El Testigo ubica al fantasma del poeta y cronista en el centro de una compleja red de historias que vincula a un comandante de la PGR, un escritor de thrillers, una pareja de primos incestuosos, un publicista que pierde la vida en extrañas circunstancias y un magnate de los medios de comunicación que financia una novela sobre la guerra cristera. De este modo, Villoro construye una poderosa ficción que emprende incursiones en la biografía del poeta jerezano y al mismo tiempo explora las entrañas de la nación: la Historia no es un relato escrito en piedra sino una sala de debates.

Si para Valdivieso reconocer el país es complicado, lo es más reconocerse a sí mismo. A cada paso se abalanzan sobre él recuerdos tormentosos. Ese asedio del pasado se acentúa cuando viaja a San Luis Potosí a una antigua hacienda donde se reencuentra con su tío Donasiano, un hombre habituado al desierto y entusiasta promotor de un descabellado proyecto: lograr que López Velarde sea canonizado por la Iglesia Católica. En la posición contraria veremos a un grupo de manifestantes que marchan por las calles del Centro Histórico para defender el carácter laico del poeta.

A lo largo de 33 capítulos (número clave si hablamos de López Velarde), El testigo explora el papel de quienes están allí no para actuar, sino para ofrecer su versión de lo ocurrido. Los testigos son tan importantes que incluso Dios necesita de ellos. (¿De qué sirve un milagro si no hay nadie que lo vea?). En otras palabras, la misión de los testigos es dar fe, y la novela está llena de ellos: choferes, mucamas y demás personal de servicio que registra en silencio la intimidad de los ricos y poderosos.

A poco más de dos décadas de su publicación, El testigo sigue ganando lectores por la envidiable capacidad que tiene su autor para revelarnos las entretelas de la compleja realidad que habitamos.

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