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Hace ya unos tres decenios un cuarteto de amigos solía reunirse un viernes al mes en la Fonda San Ángel al sur de la Ciudad de México.

Los cuatro eran gente de libros y de Universidad. Eran conversadores consumados, así que debe haber sido difícil que se repartieran el turno al habla.

Los temas eran inagotables e iban de la literatura a la política, de la vida universitaria a esas semblanzas de personas conocidas, semblanzas orales, repentinas, de algún modo improvisadas, que suelen ser comunes en las charlas.

Provenían de campos diferentes dentro de los vastísimos territorios que son la cultura y, más específicamente, la literatura. En todo caso, tenían muchos puntos en común.

Al menos tres de ellos presumían el magisterio y la amistad de Rubén Bonifaz Nuño, a quien seguían en docencia, amistades e incluso tradición de tertulias. (Pues de una tertulia se trataba en aquellos viernes ya desaparecidos.)

Luis Mario Schneider era argentino, aunque mexicano por adopción. Era el mayor del grupo (1931) y murió repentinamente en 1999. Fernando Curiel y Hernán Lara Zavala nacieron en los años cuarenta: 1942 y 1946. Vicente Quirarte era el más joven (1954).

Los tres últimos se ubican en la generación que siguió a la de Carlos Fuentes y a la de Medio Siglo, nacida a inicios de los treinta. Les tocó enfrentarse a las secuelas de la época de oro de las letras mexicanas, ocurrida hacia los años cincuenta, con Juan Rulfo como una figura muy relevante en especial para Curiel y Lara Zavala, que practicaron la narrativa.

La literatura mexicana como sistema transcurrió, a mi juicio, entre 1940 y 1990, aproximadamente. Un sistema goza de autonomía y de autosuficiencia: se rige conforme a sus reglas y se sostiene por sí mismo en términos económicos.

Los cuatro han hecho un esfuerzo admirable para contribuir a la construcción de sistemas literarios, culturales, educativos. Estamos ante cuatro editores de primer orden, que dejan un legado valiosísimo en buena medida desde la Universidad Nacional Autónoma de México, la máxima editora en América Latina.

¿Ser editor fue un pacto tácito –y táctico– entre dos pasiones: la literatura y la vida universitaria? Tal vez. En todo caso, el pacto fue una pasión, y Lara Zavala recibió reconocimientos como creador de colecciones cuando era director de Publicaciones y Fomento Editorial allá a inicios del presente siglo. Si la memoria no me traiciona, él creó los gratos libros pequeños y accesibles de la colección Licenciado Vidriera, todavía hoy a la mano de lectores en librerías como la Jaime García Terrés y la Julio Torri en Ciudad Universitaria.

Frente a escenarios de incertidumbre, agudizados por la incesante y deliberada destrucción del sentido mediante “declaraciones” arbitrarias por parte de algún líder mundial de aquí o de allá, hay acciones que postulan el futuro sin por fuerza nombrarlo. Entre esas acciones se encuentran los trabajos editoriales y docentes. Y es que, sí, editar libros y revistas es como dar clases: implica tener confianza en el futuro. Y el futuro requiere de una dosis así sea mínima de certidumbre.

Países como Finlandia, Noruega, Suecia son potencias sociales y económicas no únicamente por sus organizaciones y estructuras pasadas y presentes, sino por su futuro. Al menos parte de las amenazas que sufren hoy, tiene que ver con el recelo ante el poder que representarán en el futuro, gracias en buena medida a sistemas educativos que incluyen procesos editoriales y tradiciones letradas fuertes. Escribir, editar, en síntesis, son construcciones de futuro. Y allí el magisterio de los cuatro tertulianos es un modelo que se agradece.

Hernán nos dejó el sábado 15, en plenos idus de marzo. Sobreviviente de la tertulia es Vicente Quirarte.

No conozco a nadie en México que haya asimilado tan bien las lecciones de los maestros anglosajones de principios y mediados del siglo xx como Lara Zavala en sus cuentos. Leerlos es adentrarse en escenarios que no le hubieran pedido nada a cuentistas norteamericanos, inmersos en vidas modestas dentro de urbes impersonales. Cuadros de Hooper podrían ilustrar historias como “Lejos, en invierno y de madrugada”, que acertadamente encabeza Cuentos escogidos (México: Seix Barral /Planeta mexicana, 1997):

"Ha pasado ya otra Navidad. Hace años, recién llegado aquí, cuando Bruno volvía a casa del taller y me encontraba aburrido leyendo historietas cómicas que no alcanzaba a comprender bien, escuchando el radio o viendo televisión, se resolvía a pedirme a que lo acompañara después de cenar. ¿A dónde?, me preguntaba yo al principio, con falsas ilusiones de que tal vez iríamos al cine o a alguna otra diversión. Y aunque yo lo ignorara entonces, salir con él me brindaba la oportunidad de conocer los refugios de la ciudad y perdernos entre sus habitantes, de olvidarme por un rato de mí mismo.

Bruno era mi tío; hermano de la que fuera mi madre. Al quedar huérfano me trajo a vivir con él a la ciudad de Chicago (p. 7)."

Península, península fue sin duda el proyecto narrativo más amplio y ambicioso de este maestro de Letras Inglesas en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Recibió el Premio Real Academia Española en 2012. Contiene páginas espléndidas. Conjuga empatías hacia ambas partes beligerantes y hace sentir cómo las despedidas podían ser para siempre: los caminos eran inseguros; las empresas, inciertas, como aquellas que emprende Justo Sierra O’Reilly. La guerra de castas es el entorno general, y el autor consigue el máximo propósito de quien emprende una narración: volvernos próximos los personajes, convertirlo en parte de nuestras emociones.

Hernán fue asimismo ensayista: tiene entre sus obras Contra el ángel (México: Vuelta, 1991). Allí deja libre su gusto y su sapiencia en torno a la cultura inglesa o anglosajona, así como a sus pasiones literarias; leamos, por ejemplo, “Cómica y erótica Dublín”, sobre James Joyce, o “Tennesse Williams”. Asimismo, abordó un asunto especial: la recepción letrada, académica, del novelista más exitoso en ventas hacia los años cincuenta, sesenta, setenta del siglo xx mexicano: Luis Spota.

El último volumen de los seis de que consta la Historia de las literaturas en México (México: Universidad Nacional Autónoma de México, 2019) hace una mínima referencia a la obra de este fino escritor. Resultaba imposible que se les hiciera justicia a tantas plumas en un tomo necesariamente breve (aunque se acerca a las 500 páginas). Por eso, desde que concebimos el proyecto junto con la doctora Mónica Quijano, pensamos en “satélites” alrededor de los tomos en papel. Gracias a los qr esos “satélites” podían ser una mínima compensación para quienes tenían una obra relevante y pese a ello no alcanzaban un sitio en el volumen en papel (sexto y último: 1968-2012).

Los “satélites” eran entrevistas y diálogos. Recuerdo con gusto el diálogo que establecieron Hernán Lara Zavala y Gonzalo Celorio. Allí está la grabación. Queda como un esbozo de legado de un valioso escritor, profesor, amigo, conversador, tertuliano.

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