Más Información

"Lo mínimo que merezco es un hijo completo"; Ceci Flores espera resultados de ADN para confirmar identidad

Noroña niega haber incitado ambiente hostil contra Grecia Quiroz en el Senado; acusa a Emmanuel Reyes Carmona de provocar tensión
Para don Fernando Hevia
Nos dejamos engullir por las estrechas fauces del Bar Astur, en el número 40 de la calle Palma, en el sótano de un alto inmueble contiguo al Edificio Thermidor, obra del arquitecto José Luis Cuevas, construido en 1934 bajo un estilo streamline, y frente al viejo Correo Francés, considerado uno de los edificios más elegantes de su época, diseñado por el arquitecto Paul Debois en 1929. Su entrada es pequeñísima. Un claro del tamaño de una convencional puerta hogareña. Descendemos algo así como tres metros bajo tierra por una corva y elegante escalera que en segundos nos adentra en otro mundo. Un mundo de silencio, alejado del trajín y el bullicio de las calles del centro, con resabios de oropel antiguo y apacible soledad. Al instante nos recibe Alfredo Ávila, el capitán de este subterráneo navío. Mi amigo y yo le rogamos que nos ubique en la barra.
El Astur es luminoso. Aunque telúrico, en nada se parece a su vecino, el también tectónico Salón Bach. Sus pisos de alba piedra, sus plafones rematados con una cenefa de vitral, sus paredes espejadas, soportadas por rodapiés de nogal y doradas molduras de maderas, sus cavas empotradas, sus gentiles y tenues faroles que iluminan con prístina claridad los dos salones que lo conforman, separados estos por una garigoleada reja que, en su centro, con dos S encontradas, recuerda su antiguo nombre: Bar Sobia, renombrado popularmente como El Varsovia.
Lee también: La melodiosa vida: Jaime Sabines en su centenario

Sobia, ya lo hemos dicho, es el nombre de un peñón calizo localizado en la región de Asturias, España, de donde, por cierto, es originario el fundador de este bar: Florentino Hevia Rodríguez, conocido como don Tino, un bajito y generoso hombre de rubia y lacia cabellera, ojiazul, trabajador contumaz, descendiente de una numerosa familia de cabriteros, que emigró a México a principios del siglo XX. Don Tino (junto con sus hermanos Ovidio y Eleuterio), fue también el cofundador de otros restaurantes emblemáticos: El Charleston, “El mejor cabrito del mundo”, un prominente comedor que abría sus puertas en la calle de Querétaro 209, frecuentado, hacia la década de 1970, por Luis Buñuel, José de la Colina, Alberto Isaac, Cantinflas –dueño del legendario edificio y Bar Rioma, que estaba a la vuelta–, María Félix, Héctor Lechuga, José José, Sergio Corona…; El Cabrito de Tino, en el centro de Tlalnepantla; Casa Noste, en la calle de Luna, colonia Guerrero; Casa Hevia, en Polanco; y, el más famosos de todos: El Correo Español, “la catedral del cabrito”, fundado en 1943 en Peralvillo 30, antigua calle Real de Santa Ana, a las puertas del barrio de Tepito, visitado por los presidentes Emilio Portes Gil, Miguel Alemán y Adolfo López Mateos, y famoso, también, por su colección de botellas con bebidas de todo el mundo.
La especialidad de todos, ya lo habrán notado, fue y es el cabrito al horno (no norteño). Así que el Astur –cuyo verdadero nombre es El Cabrito Astur– no es la excepción. Mi amigo y yo ocupamos un lugar en la barra. Una barra de maderas finas en forma de S, con riel, pero sin desagüe. La barra es atendida por Guillermo Durán, quien trabajó durante casi 10 años en El Charleston y hoy despacha aquí en espera de pronto jubilarse. Memo –como le llaman sus clientes– nos escancia nuestros consabidos tequilas HB y nuestras cervezas corona, seguidos de la entrada de la casa: taquitos dorados de cabeza de cabrito, salsa roja y un vasito de espeso y tibio caldo de camarón. ¡Vaya delicia!
Nos acodamos en la barra. Observamos, bebemos y escuchamos. Memo nos cuenta de sus años en El Charleston: “un restaurante de otro planeta que preparaba 25 mil cabritos a la semana; poseía una cava impresionante, tenía su propia tortillería, y al que llegaban toda suerte de políticos, artistas y personajes famosos”. Nos cuenta que su padre, Nacho Durán, trabajó por casi 30 años en El Correo Español, en donde era muy respetado, y que fue por él que entró al oficio del servicio restaurantero.
Lee también: Un aullido en la niebla. Reseña de La ausencia de Mónica Lavín
Al morir don Tino, su hijo Fernando Hevia se hizo cargo de los negocios y rebautizó al Bar Sobia como El Cabrito Astur. Yo llegué por vez primera a este bar –le comparto a mi amigo– hace algo así como 13 años. El destino me trajo aquí. Recuerdo que me fascinó el hecho de que, por ser subterráneo, no había señal de teléfono celular ni internet. Entonces, encontrarse en el Astur significaba estar out; al margen de todo; dejar de existir para los demás. Eso ejercía en mí un embeleso formidable. Venía al Astur a leer. Y a beber. Mi bebida de aquella época era el vodka. Vodka Finlandia. Por aquellos ayeres el bar era capitaneado por Javier Saldívar, quien gustaba de programar “música clásica” en el canal de televisión de Sky. Don Javier a veces me preguntaba si deseaba escuchar algo, y como yo era el único parroquiano en el bar, me atrevía a cometer el sacrilegio.

Programaba, por ejemplo, el poema sinfónico Finlandia, del jefe de jefes Jean Sibelius, para bajarme ad hoc mi homónimo vodka; o el Concierto para piano y orquesta número 1 de Brahms, o alguno de los conciertos para piano de Beethoven. A veces dejaba que el aleatorio y refinado gusto de Sky programara las siguientes rolas. Entonces sonaba el Concierto para violín en Re menor, también de Sibelius, uno de los conciertos para este instrumento que más me emociona. Como el concierto era largo, más o menos 40 minutos, y constaba de tres movimientos, me tomaba un vodka por movimiento. Siempre y cuando don Javier no le cambiara de canal a medio concierto. Me la aplicó varias veces: “Hoy hay Champions League, joven”. Ni modo, no se puede todo. A manera de disculpa, Javier me traía una sopa de moñitos, y nos poníamos a ver al Arsenal contra el Manchester City.
Creo que sólo hay algo que no me gusta del todo del Astur: sus espejos en exceso. Ya de por sí es horrible verse a sí mismo reflejado en un espejo, pero ser testigo visual de tu descomposición etílica… es casi inmoral. Al fondo existe un piano, que de vez en vez alguien aprovecha para echarse un palomazo. Mi amigo Gerónimo, pianista de profesión, ha hecho aquí el ridículo más de una vez. Sólo en una ocasión consiguió algunos lánguidos aplausos. Interpretó, nada mal, las Gymnopédies de Éric Satie.
El Bar Astur se encuentra en donde alguna vez estuvo el convento de Capuchinas, edificado en 1673 y restaurado en 1755 por el arquitecto Ildefonso de Iniesta Bejarano, que fue demolido en el siglo XIX para prolongar la calle Palma. No quedó piedra sobre piedra.
Continuará…
Noticias según tus intereses
[Publicidad]
[Publicidad]












