Las últimas semanas revisamos el empirismo y llegamos así al racionalismo que constituye una de las corrientes filosóficas más influyentes en el pensamiento occidental, establece la razón como fuente primordial y criterio último de conocimiento válido. La génesis del racionalismo emerge debido a una crisis de certezas. La revolución científica había desmantelado las estructuras aristotélicas que habían sostenido la comprensión del universo, mientras las guerras religiosas evidenciaban la fragilidad de las verdades reveladas como fundamento del orden social. Así, figuras como René Descartes buscaron un método que permitiera alcanzar conocimientos reales, inmunes al escepticismo corrosivo que amenazaba con sumir al pensamiento en un relativismo paralizante. La duda metódica cartesiana no representa sólo una herramienta epistemológica, sino un acto de audacia filosófica: la voluntad de reconstruir el edificio del saber desde sus cimientos más profundos.
Lo verdaderamente revolucionario del proyecto racionalista radica en su confianza en la capacidad humana para aprehender la estructura íntima de la realidad mediante operaciones mentales. Esta confianza no es ingenua ni arbitraria; se fundamenta en una intuición metafísica según la cual existe una correspondencia esencial entre las estructuras del pensamiento y las estructuras del ser. La mente humana, dotada de ideas innatas o de principios a priori, posee una arquitectura que refleja el orden mismo del cosmos. Cuando Descartes afirma que las verdades matemáticas son claras y distintas, está proclamando que la razón humana participa de una racionalidad universal que gobierna el pensamiento y la extensión.
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Así, esta perspectiva conduce inevitablemente a una jerarquización de los modos de conocimiento. La experiencia sensorial, volátil y engañosa, queda relegada frente a las certezas alcanzadas por la razón. Los sentidos nos informan sobre las apariencias cambiantes, pero solo el intelecto penetra las esencias inmutables. Por consiguiente, Baruch Spinoza llevará esta convicción hasta el límite al proponer un conocimiento sub specie aeternitatis, una comprensión desde la perspectiva de la eternidad, donde el sabio trasciende la temporalidad eventual para contemplar las verdades necesarias que estructuran la realidad. La aspiración a un conocimiento atemporal revela una dimensión casi mística del racionalismo, donde el ejercicio filosófico se convierte en una práctica de elevación espiritual.
Sin embargo, el racionalismo enfrenta desafíos internos considerables. El problema central está en explicar cómo las ideas mentales, producidas en el ámbito del pensamiento, pueden referirse genuinamente a una realidad externa. Si el conocimiento se construye desde la razón pura, ¿cómo garantizamos que nuestros conceptos corresponden a objetos reales y no son meras construcciones intelectuales? Descartes recurre a la garantía divina: Dios, ser perfectísimo que no puede engañarnos, asegura la correspondencia entre nuestras ideas claras y distintas y la realidad exterior. Esta solución introduce una tensión problemática: un sistema que pretende fundamentarse en la razón termina apelando a un principio teológico.
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