Tras fundar la estética de la recepción en la Universidad de Constanza, Hans Robert Jauss (1921–1997) cedió la iniciativa a Wolfgang Iser (1926–2007) quien profundizó la disidencia alemana frente a un “placer del texto” a la francesa, que en realidad, era el onanismo del teórico de la literatura, ajeno a esos lectores que aquellos profesores más allá del río Rin volvieron protagonistas. Distinguieron (simplifico pues el formato me lo exige) el hecho literario (la creación) del hecho estético (la lectura) y pusieron en duda, mediante la hermenéutica filosófica, la naturaleza absoluta (o absolutista) de la interpretación, fuese ésta, obra del psicoanálisis, el marxismo, la fenomenología y todo aquello que fue de los formalismos a los estructuralismos. Iser, inclusive, fue más lejos: la “recepción” de las obras literarias le pareció poca cosa como materia académica y se dedicó a estudiar “el efecto”, resonante como un eco. Iser mismo, como veremos, llegó a ciertas conclusiones –los extremos se tocan– que no habrían disgustado del todo a Jacques Derrida.

Iser, como aclara Cristina Oñoro en su prólogo a El acto de leer. Teoría del efecto estético (1987), Aristóteles y los retóricos no descuidaron “los efectos persuasivos y catárticos de las palabras” y no desdeñó, el profesor alemán, al “lector común” alabada por Virginia Woolf y soberanamente ignorado, “por no ser de fiar”, en Saint–Germain-des–Prés, elevándolo a la categoría, puede que metafísica, de “lector implícito”. El concepto le acarreó a Iser ser víctima de la artillería pesada de los Richards, quienes consideraron que el lector mondo y lirondo era una creatura desastrosa sin la severa vigilancia de la teoría, mientras que la Escuela del Resentimiento advirtió que todo lector estaba determinada por su clase, su momento histórico y su clave étnica.

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Crédito:https://literariness.org/
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Sin arredrarse, Iser profundizó en “el proceso de lectura” y frente al solipsismo de los autonomistas del texto empacado al vacío, reintrodujo a la historia en el pensamiento de la literatura, concluyendo que, igualmente, para los marxistas había, un “lector ideal”, otra suerte de filólogo solitario, pero con conciencia de clase. El “lector implícito” de Iser, concluye, Oñoro, era más bien dieciochesco, ese viajero errático y veleidoso al cual apelaba Laurence Sterne con su Tristram Shandy. A averiguar cómo se constituye ese lector implícito, dedicó Iser El acto de leer y Rutas de la interpretación (2000), para hablar sólo de lo que de él he leído, apenas una zambullida en quien, paradójicamente, es uno de los teóricos literarios de más ardua lectura con los que me he enfrentado. Postulando una pedagogía de la lectura, Iser escribió una especie de Fenomenología del espíritu… lector.

Recurriendo a la tradición rabínica, Iser nos recuerda que –como ocurrirá también con los teólogos cristianos– al convertir al exégeta autorizado en el monopolista de la interpretación del texto sagrado, nació esa figura que aleja al lector y se convierte en la autoridad absoluta, ya sea sobre la Tora o sobre William Shakespeare. Ese comentarista, a la vez implacable y minucioso hasta la locura en cuanto a los detalles, se convertirá en el crítico literario y en el teórico de la literatura.

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Acto seguido, la tradición de los comentarios fue sustituida por la hermenéutica del teólogo F.D.E. Schleiermacher (1768–1834), quien aspiró mediante la figura del círculo a entender al autor mejor, mucho mejor de lo que se entendía, si cabe, a sí mismo. Al teólogo lo acompañó el gran historiador J.G. Droysen (1808–1884), quien afirmó que la Historia propiamente no existe en su medida de tiempo perdido y sólo puede ser reconstruida, en su instante presentáneo, por los fragmentos que bien a bien pueda reconstruir el historiador.

Al círculo hermenéutico se suma la espiral recursiva, en aquello de las rutas de la interpretación y finalmente, lo que Iser llama “el diferencial ambulante” a propósito de La estrella de la redención (1921), de Franz Rosenzweig (1886–1927), el teólogo judío que se propuso explicar como la inconmensurabilidad de Dios puede ser entendida cognitivamente, lo cual, en mi apabullada opinión, aleja a Iser de la teoría literaria para convertirlo en otro exégeta teológico.

Finalmente, concluye Rutas de la interpretación con un apéndice que muestra cómo un libro tan comúnmente aceptado como la respuesta final a todo problema estético, El Renacimiento (1893), de Walter Pater (1839–1894) cayó en desuso velozmente, y que esa extravagancia cómica y genial de Thomas Carlyle (1795–1881), su Sartor Resartus (1834), es un arma de utilidad contra toda idea trascendental de la cultura, en cuyo núcleo sitúa Iser al acto de leer.

El resumen histórico de Iser en sus Rutas de interpretación es de fiar: la Querella de los Antiguos y los Modernos, en el Gran Siglo francés, terminó con la idea de la Antigüedad era un canon cerrado e imperfectible. “Los modernos dejaban de ser los enanos que iban en los hombres de los gigantes” porque se impuso la idea del Progreso, trastocándolo todo: lo recibido en herencia sólo tenía sentido como “un avance irresistible” para el futuro. Ello puso en un dilema sin resolución al exégeta, crítico o teórico: debe recurrir a la secuencia histórica o a la anulación de la historia para efectos de la lectura literaria, a la respuesta de Jauss ante un Molière: su obra, más que reflejar a la época en que fue escrita, es un espejo donde se ve, esencialmente, el rostro de su lector contemporáneo. Es su absoluta actualidad la que hace a un clásico: su lectura, hoy.

Pero la armonía, según Iser, terminó en 1750 y dio al traste con ella Jean–Jacques Rousseau, apenas medio siglo después de la victoria de los modernos sobre los antiguos. En su discurso de Dijon de 1750, Jean–Jacques dijo que las ciencias y las artes, en su carrera tras la zanahoria del Progreso, no sólo no habían mejorado la moral, sino la había corrompido. Inició así la edad sempiterna de la crítica cultural en la que seguimos viviendo: la modernidad queda condenada a dudar sin desmayo ni alegría, todo el tiempo, de sí misma.

Aquí es donde, según mi lectura harto cauta de Iser, veo que el alemán hermana con el nihilismo y el relativismo, en su teoría del eco estético. Separado por un abismo el texto sagrado o literario de su lector, la distancia entre una galaxia y otra resulta tan inmensa que sólo pueden recorrerla quienes tomen el Camino de Santiago de las “rutas de la interpretación”. Así volvemos a la ambrosía que enervó a Friedrich Nietzsche: toda verdad es inválida pues está sujeta a la multiplicidad de las interpretaciones, o a la broma magnífica de Jorge Luis Borges de que cada genio inventa a sus precursores, lo cual vuelve, leída de manera extrema, inútil toda historia de la literatura e imperativas a todas las teorías literarias: Iser se sienta a la mesa de Derrida. Por ello, más vale conformarse con el sentido común de Samuel Johnson, citado por Wolfgang Iser, antes de ahogarse en su propia hermenéutica, capítulos atrás: la autoridad de Shakespeare no es canónica porque sus héroes son hombres como sus lectores.

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