Más Información

Presuntos huachicoleros asesinan a elemento de la Guardia Nacional al intentar detener tráiler en Hidalgo; otro fue privado de la libertad

Sergio Torres Félix, diputado de MC baleado en Culiacán, se encuentra estable, dice gobernador; “evoluciona de forma favorable”, afirma

Embajada de Israel condena venta de mercancía con simbología nazi en concierto de Kanye West en México; "mensajes provocan daño real"

Ebrard dice que no ve en riesgo T-MEC; negocia colaboración en minerales como el litio, cobre y níquel
Para Gisela Reyes
Debo reconocer que, pese a todo, aún se come bien en el Salón Corona. Al menos en el de Bolívar 24 –donde mi amigo y yo nos encontramos ahora mismo–, que es el original y que fue fundado –ya se dijo– por el español José Iglesias Testas en 1928, sobre los bajos de una legendaria mansión del centro histórico: la Casa Borda, hogar del magnate y minero francés Joseph Gouaux de Laborde (José de la Borda, en mexicano), quien fuera el hombre más amillonado de toda la Nueva España (y del mundo de ese entonces). De la Borda edificó la casona en 1775 para habitarla con su esposa, Teresa Verdugo Aragonés quien, por cierto, vivió en ella en calidad de prisionera: don José, celoso contumaz, le tenía prohibido salir de casa sin su compañía, de modo que le mandó a construir un kilométrico balcón –entonces el más grande de la ciudad: corría (corre) desde Bolívar (arriba del Corona) hasta la vuelta de la calle Madero– para que por él paseara. Así, a doña Teresa se le veía deambular por su opulenta mazmorra de balcón, como sombra entristecida, sola en aquella soledad a cielo abierto. A De la Borda le alcanzó la vida –y los dineros– para erigir otras construcciones que hasta la fecha siguen en pie: la iglesia de Santa Prisca, en Taxco, la parroquia de Tianguistenco, en el Estado de México, una Casa Borda más, también en Taxco, y el afamado Jardín Borda, en Cuernavaca, que varios años más tarde será el sitio predilecto de descanso del emperador Maximiliano de Habsburgo.
En fin, así las cosas. Mientras mi amigo y yo damos cuenta de una orden de tacos al pastor, unas tortas de bacalao y un par de tarros de cerveza (para combatir la cruda), hablamos sobre nuestro siguiente destino. He pensado que quiero que mi amigo conozca la fisonomía de esta gigantesca ciudad desde las alturas, con la intención de que aprecie y detenga sus ojos a lontananza en este inmenso Valle de Anáhuac en el que nos encontramos –cantineando y caminando–; una cuenca, como se sabe, de sierras circundantes cuyas caídas pluviales alimentaron, tiempo ha, cinco grandes lagunas ahora prácticamente desaparecidas: Zumpango, Xaltocan, Texcoco (de agua salada), Xochimilco y Chalco (de agua dulce); que conozca desde lo alto los confines de este leviatán urbano.
Lee también: La suma de Álvaro Uribe, por Christopher Domínguez Michael

“Iremos a una terraza” –le espeto a mi amigo, mientras él se empaca un taquito de pastor–. “A una terraza con servicio de bar” –aclaro, y aprovecho para darle un largo trago a mi fría cerveza que me cae como bocanada de aire fresco–. Pedimos la cuenta. Un albo camarero agazapado tras una gruesa barba yosformen y unos lentes de sol vine hacia nosotros. Mecánicamente nos cobra. Sayonara Salón Corona. Sin embargo, antes de salir hago corajes (en esta ciudad siempre hay que hacer corajes). Me percato que han quitado la icónica fotografía monumental que colgaba en la pared de la entrada. Se trataba –como quizás muchxs recuerdan– de una foto en sepia que inmortalizaba el momento exacto en el que clientes y meseros miraban por televisión, en esta cantina, ansiosos y frustrados, cómo nuestro ídolo nacional Hugo Sánchez, en pleno Estadio Azteca, en el mundial de 1986, fallaba un penal contra Paraguay. Bueno, pues en el lugar en el que se hallaba esa emblemática fotografía –obra del fotoperiodista Fabrizio León– ahora cuelgan unas horrendas e inservibles repisas de accesorio. ¡Vaya genios! Hago de tripas corazón (no me vayan a caer mal los taquitos) y mejor me concentro en el tequila que me empujaré en nuestra próxima parada.
Echamos a andar por Bolívar, hacia el norte, y llegamos al cruce con Madero. Le hago observar a mi compañero de trajines el susodicho y suntuoso balcón de doña Teresa Verdugo Aragonés, así como la esquina de la Casa Borda: “En donde estuvo el Salón Rojo (fundado en 1906), una de las primeras salas de cine de la ciudad”. (Caray, ¡ya me estoy poniendo pedagógico!). Nos abrimos paso entre el río de peatones que cruza por Madero y metros más adelante, sobre Bolívar, aparece ante nosotros el Salón Bach, con su diminuta puerta como fauces. El Bach es una cantina de mucha tradición, subterránea, en el número 18 de Bolívar. Entonces, pienso que antes de ascender a las altezas de nuestro siguiente destino bien podemos echarnos un trago en este telúrico congal. Tomo a mi amigo del hombro y nos dejamos engullir, hacia las entrañas de este templo báquico, por unas bermejas escaleras alfombradas.
El Bach no siempre estuvo aquí. El original, fundado en 1930, estuvo a la vuelta, en el 32 de la calle Madero, en un edificio art decó diseñado por Carlos Obregón Santacilia. El 6 de abril de 1932 el Bach fue noticia en todos los periódicos de la capital. Resulta que un día antes, en su interior, fue asesinado Augusto Cárdenas Pinelo, mejor conocido como Guty Cárdenas: el cantante y compositor yucateco de música romántica más afamado del momento. Con apenas veintiséis años, guapo, atleta y talentoso, Guty estaba en el cenit de su carrera artística. Todo comenzó por una cruda canija. Guty fue al Bach a curársela, en compañía de sus amigos Eduardo Gálvez Torre y Rosita Madrigal. Se instalaron en un mullido reservado y comenzaron a beber coñacs reparadores. Más tarde se incorporaron Arturo Larios, cantante y paisano de Guty, que traía consigo su guitarra, y el cantaor Jaime Carbonell, el Mallorquín. Alumbrados por la llama blanca del alcohol y el aura del lugar, arrancó la bohemia.
Guty tomó la guitarra y comenzó a cantar, acompañado por las voces de su mesa. En ese momento arribaron al Bach los hermanos españoles Ángel y José Peláez, dueños de la popular zapatería Electra, y ocuparon un reservado frente al del trovador del Mayab y sus amigos. Los hermanos Peláez saludaron a lo lejos al Mallorquín –que era su paisano y amigo– y enviaron a la mesa de Guty una ronda de tragos. Los artistas agradecieron la deferencia y continuó el brindis y los palomazos, que incluyeron las más célebres composiciones de Guty: Nunca, Ojos tristes, Flor…
Sin embargo, como sucede en las borracheras prestigiosas, no se sabe bien a bien cómo inició el zafarrancho. Algunos dicen que uno de los hermanos Peláez le arrojó una mirada libidinal a Rosita, asunto que hizo enfurecer a Guty; otros, que en algún momento de la juerga Guty y José Peláez se retaron a unas “vencidas de dedo”, y que alguno intentó hacer trampa, asunto que detonó en lío; otros, que los barbajanes hermanos Peláez se burlaron de la manera en que cantaba Guty (¡estaba más beodo que una cuba!)…
Continuará…
Noticias según tus intereses
[Publicidad]
[Publicidad]











