En la historia de la pareja de pastores que conforman la colombiana Sara Castellanos y el brasileño Laudjair “Lau” Guerra se pueden observar los vínculos entre iglesias evangélicas y poder político en América Latina, en el último medio siglo. Esos vínculos crecientes han llevado a que hoy agrupaciones cristianas y líderes políticos coincidan en una lucha contra derechos de la mujer y de diversidades sexuales en la región, que no se conocía antes.

Nacida en 1992, Sara Castellanos es colombiana y senadora por el movimiento Salvación Nacional, que llevó a la presidencia a Abelardo de la Espriella, exateo y hoy devoto de católicos o cristianos, según el auditorio que tenga enfrente. La senadora, que promueve una reforma constitucional contra el aborto, es hija de César Castellanos y Claudia Rodríguez, fundadores en 1983, en la sala de su casa en Bogotá, de la Misión Carismática Internacional, iglesia con más de 80 sedes en 16 países de América y Europa; en la Ciudad de México, la principal está en Azcapotzalco.

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Jair Bolsonaro fortaleció su alianza con sectores evangélicos durante su carrera presidencial. Aunque se mantuvo como católico, fue bautizado en el río Jordán por un pastor y convirtió ese acercamiento en una de las bases de su respaldo político. Crédito: Alexandre Cassiano
Jair Bolsonaro fortaleció su alianza con sectores evangélicos durante su carrera presidencial. Aunque se mantuvo como católico, fue bautizado en el río Jordán por un pastor y convirtió ese acercamiento en una de las bases de su respaldo político. Crédito: Alexandre Cassiano

En 1990, poco después de crear su iglesia, los pastores Castellanos-Rodríguez crearon un partido político, el Partido Nacional Cristiano, que tuvo un representante en el proceso de la Constituyente de 1991. A partir de ahí escalaron en su relación con la política, a través de su partido o mediante un esquema de alianzas. Consiguieron curules legislativas, bajo el amparo de distintos partidos, en los gobiernos de Álvaro Uribe, Juan Manuel Santos e Iván Duque. Su crecimiento e influencia son tan fuertes que el llamado de esta y otras iglesias cristianas, en 2016, a votar en contra del plebiscito sobre el Acuerdo de Paz, fue determinante para que ganara el NO.

Sara, la hija de estos pastores que han pasado de partido en partido, consiguió una curul en el Senado que, con Abelardo de la Espriella en la presidencia, abre la puerta a esa agenda moral contra derechos como la interrupción del embarazo, la educación sexual o la adopción entre parejas del mismo sexo.

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Sara Castellanos, política colombiana proveniente de una familia de pastores evangélicos, ha llevado a la arena electoral una agenda centrada en la defensa de la familia tradicional y la oposición al aborto. Crédito: Instagram de Sara Castellanos
Sara Castellanos, política colombiana proveniente de una familia de pastores evangélicos, ha llevado a la arena electoral una agenda centrada en la defensa de la familia tradicional y la oposición al aborto. Crédito: Instagram de Sara Castellanos

A su vez, el esposo de Sara, el brasileño Laudjair Guerra, es un pastor de la Iglesia Sobrenatural, que destaca por su capacidad de comunicarse con las juventudes, pero sobre todo por ser cantante de gospel —varios rasgos que comparten estas iglesias son su actividad transnacional, el entramado familiar y la exitosa interpretación de gospel—. En eventos masivos, “Lau” ha declarado su apoyo a políticos de derecha.

Las redes sociales son tribuna para la historia de Sara y Laudjair, una pareja joven, con cuatro hijos, que ha ampliado los horizontes de sus iglesias en la región, y que defiende la idea tradicional de la familia.

Justo en Brasil, la bancada evangelista basada en el Frente Parlamentario Evangelista, que se constituyó en 2003, es la fuerza política cristiana más grande de Latinoamérica. Aunque no es un partido político, sí actúa unida, y entre las dos cámaras suma más de 200 legisladores. Si bien, el expresidente Jair Bolsonaro, hoy condenado por intento de golpe de Estado, no dejó de ser católico, sí aceptó ser bautizado en el río Jordán por un pastor cristiano y se presentó rodeado de evangélicos, lo que le dio millones de votos, como escribió la periodista Lamia Oualalou, en la revista Nueva Sociedad.

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Levantando iglesias

Las encuestas que ha hecho el Pew Research Center —institución estadounidense independiente de investigación— son muy reveladoras de los cambios de la sociedad con respecto a esos credos. En una de 2014 encontró que, en promedio, 69 % de los adultos de 18 países de América Latina se identificaban como católicos, si bien a lo largo del siglo XX y hasta 1960, aproximadamente, 90% de la población de América Latina se reconocía católica. En el caso de México, esa encuesta de 2014, arrojó que 81% de la población se reconocía católica; en contraste, en Guatemala, El Salvador y Nicaragua, alrededor de 40% de la población era protestante.

Una década después, la encuesta de 2024, aunque levantada solo en seis países, arrojó nuevos y acelerados cambios. México y Perú son los más católicos, cada uno con 67%; lol que significa que México, en una década, pasó del 81% de población católica a 67%. Mostró además aumento regional en el número de protestantes, llegando a 29% de la población de Brasil y a 9% en México. Otro fenómeno que expuso es el creciente número de personas sin filiación religiosa: 33% en Chile; mientras que en México es 20%.

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El aumento de la población cristiana evangélica ha traído el surgimiento de partidos y de otros modelos de asociación entre los poderes religioso y político. Esto, en muchos casos, pasando por encima de la declaración constitucional de Estado Laico o acogiendo actos que borran procesos de secularización.

“Hasta los años 70 las posturas conservadoras católicas, pero sobre todo evangélicas, no eran tan radicales. Sí hablaban de que la mujer debe sujetarse al varón, rechazaban el aborto o veían a los homosexuales como una expresión del pecado. Pero esos temas no eran parte relevante de la agenda de esos actores porque tampoco eran parte de la discusión de la sociedad”, expresa en entrevista, desde La Paz, el sociólogo boliviano Julio Córdova Villazón.

En América Latina, de acuerdo con el libro “Religión y política”, de la Misión de Observación Electoral, en 2018 existían 39 partidos evangélicos, algunos de los cuales han desaparecido y otros, mutado. Con o sin partido, la región tiene historias muy particulares de líderes, familias y caudillos carismáticos que emparentan iglesia y política. En Costa Rica, el evangélico, periodista y cantautor Fabricio Alvarado estuvo a punto de ganar la presidencia en 2018; en Guatemala hubo dos presidentes evangélicos, Jorge Serrano Elías y Jimmy Morales; en México, el partido Encuentro Social participó en la coalición Juntos Haremos Historia que llevó a Andrés Manuel López Obrador a la presidencia.

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Ni única ni omnipresente

¿Cómo explicar la profunda transformación del último medio siglo, en América Latina, donde una tercera parte de los católicos adoptaron otros cultos o dejaron de creer?

El doctor Abbdel Camargo Martínez, antropólogo e investigador de El Colegio de la Frontera Sur, expresa que, en lo que hoy es América Latina, el mundo se entendía desde visiones politeístas, con dioses y diosas vinculados al entorno natural, pero que todo cambió con la implantación “intempestiva, violenta y genocida” del catolicismo. Lo que ocurre hoy, explica en entrevista, es resultado, entre otros factores, de una profunda crisis de esa iglesia católica que ha sido ajena a procesos de adaptación y flexibilidad presentes en otros credos y grupos sociales.

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“Yo diría que hay una crisis desde Juan Pablo II, desde que se empezaron a destapar las atrocidades que pasaban al interior: mal manejo de recursos, pedofilia desde las más altas jerarquías, la no separación entre jerarquías eclesiásticas y sistemas políticos locales”. Añade que, frente a una estructura tan rígida como la de la iglesia católica, el protestantismo es flexible, festivo y mucho más horizontal. “Mientras que la iglesia católica fue perdiendo el trabajo de misión, hubo eclosión de muchísimas iglesias”.

Pero el paso de las iglesias cristianas a una asociación con el poder político no fue inmediato. Julio Córdova Villazón, también director de la Consultora Diagnosis y autor de ensayos sobre el movimiento evangélico en su país y en la región, distingue las etapas en que se produjo:

“Una primera etapa comienza en la segunda mitad del siglo XIX y va hasta los años 70 del siglo pasado; ahí los actores evangélicos se definían como apolíticos. La segunda etapa, entre los años 80 y 90 del siglo pasado, es de una visibilidad política que tiene como objetivo defender la libertad religiosa y de culto, y la igualdad de las religiones ante la ley; es una etapa que acompaña el ciclo de reformas neoliberales. En la tercera etapa, en que estamos ahora en el siglo XXI, como dice el investigador peruano José Luis Pérez Guadalupe, hay una mutación del accionar político de los sectores evangélicos conservadores. Quieren, en alianza con la extrema derecha, imponer su agenda moral hacia el resto de la sociedad a través del Estado: defensa de la familia tradicional, rechazo a los derechos de las mujeres y diversidades sexuales, y legitimación de liderazgos de extrema derecha autoritarios”.

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El investigador considera que esto ha sido posible a partir del aumento en número de los evangélicos —que son un potencial electoral—; la fuerza de los populismos y la legitimación de los actores evangélicos en los medios, por ejemplo, como deportistas y cantantes.

Existen motivaciones internas y externas que explican cómo grupos que antes defendían la libertad de culto acabaron tomando una agenda contra las libertades de mujeres y homosexuales: “Como factores internos, ocurre que en situaciones como alcoholismo, migración, pobreza o violencia intrafamiliar, que disgregan el núcleo familiar, las iglesias se presentan con el rol de estabilizadoras de ese núcleo. Cuando, a partir de los años 90, empieza a surgir la agenda feminista, católicos y evangélicos ven esa expansión de derechos de las mujeres y de las diversidades sexuales, como una amenaza al núcleo familiar tradicional y como una amenaza a su rol de estabilizadoras. Una amenaza a su identidad”.

Como factores externos, Julio Córdova dice: “Las convenciones de Naciones Unidas de Población y Desarrollo, en El Cairo, en 1994, y la de Beijing sobre la Mujer, en 1995, que establecen que los derechos sexuales y reproductivos tienen que ser impulsados por los estados con políticas específicas, alimentan el caldo de cultivo que radicaliza a los actores religiosos. Y la reacción de la Comisión Pontificia Católica es denominar a esta agenda de derechos sexuales y reproductivos como ideología de género. Ahí, la ideología de género es un dispositivo discursivo, como decía Foucault, que expresa el rechazo de esos actores religiosos y su radicalización conservadora”.

Lo que viene en la discusión

En la región son constantes los proyectos de reforma, promovidos por la derecha y grupos religiosos, que quieren echar atrás derechos adquiridos. En Colombia, legisladores impulsan una reforma Constitucional a la legislación que permite la interrupción del embarazo, y el nuevo presidente habla de regresar la religión a las aulas. En Brasil, han circulado iniciativas como la de impulsar tratamientos para “curar” a homosexuales o enseñar creacionismo en las escuelas.

Para Julio Córdova este incremento de partidos extremos de derecha, con vínculos con iglesias conservadoras, no es más que la evidencia de la crisis del proyecto neoliberal:

“Los sectores pobres ya no creen en las promesas del capitalismo globalizante neoliberal y, como respuesta a esa crisis de legitimidad, empiezan a surgir actores de extrema derecha, Trump, Bukele y Bolsonaro, que asumen una actitud antiglobalista y más conservadora que la de las derechas tradicionales. Si las derechas tradicionales fueron actores funcionales al neoliberalismo global, las extremas derechas surgen en respuesta a la crisis económica y de legitimidad de ese mismo neoliberalismo globalizante. Cuando estas nuevas derechas se encuentran con actores religiosos ultraconservadores, que hablan su mismo lenguaje de defensa de la familia, surge una alianza natural.

“Sin embargo, estos actores políticos de extrema derecha no tienen un proyecto que pueda sustituir a la globalización capitalista. Tampoco lo tienen las izquierdas de Petro en Colombia, Morena en México, Evo Morales en Bolivia o el kirchnerismo en Argentina. Lo que nos espera en América Latina es un periodo de inestabilidad de gobiernos de derecha y de izquierda y, en esa inestabilidad, los actores políticos evangélicos se van a aliar a veces con la extrema derecha, de una manera orgánica, pero si no les funciona, van a buscar alianzas con gobiernos de izquierda”, concluye el sociólogo Julio Córdova.

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