Con Helen Vendler (1933–2024) se fue, hace un par de años, la más sutil y rigurosa lectora de poesía con la cual contaba la lengua inglesa. Corrijo: más que poesía, leía poemas. Uno por uno. Por ello, cuando Leon Wieseltier la invitó a colaborar regularmente en Liberties: A Journal of Culture and Politics, publicación a contracorriente –genuinamente liberal– lo hizo con una oferta que Vendler no podía rehusar: que, en cada número, ella comentara un solo poema.

El resultado, reunido en un libro póstumo, es Inhabit the Poem. Last Essays (Library of America, 2025) donde –con algunas excepciones como la saga irresistible de Emily Dickinson o del vietnamita de lengua inglesa Ocean Vuong, nuestro contemporáneo– la distinguida catedrática de Harvard siguió las instrucciones de Wieseltier. Escribió desde W.B. Yeats –una de sus razones de ser como crítica literaria– hasta Emily Brontë, pasando por Wallace Stevens, Adrienne Rich, Robert Hayden, Marianne Moore, John Donne, Sylvia Plath, Gerard Manley Hopkins, Vuong, William Blake, William Cowper y Walt Whitman.

Quien haya leído previamente a Vendler (por ejemplo The Ocean, the Bird and the Scholar. Essays on Poets & poetry, de 2015), de esa “crítica incomparable” como la llamó Charles Simic, no se sorprenderá de las virtudes de Inhabit the Poem. Enumero algunas: un conocimiento total de la lírica de su lengua, partiendo de los sonetos de William Shakespeare, pero sin falsa erudición y con una modestia que la enaltece y la coloca en un orden superior de la crítica; la precisión en el arte de desgranar un poema, sin recurrir a truco retórico alguno o a la jerga académica, con una precisión que estoy muy lejos de poder aquilatar; y su desdén por las modas psicolingüísticas, dedicada a su lector (sea su estudiante o no) en tanto common reader y no como futuro teórico. Lo suyo no fue el canon, fue el poema.

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Crédito: Archivo EL UNIVERSAL
Crédito: Archivo EL UNIVERSAL

El primero de los poemas estudiados e interpretados por Vendler para Liberties, fue, no podía ser de otra manera, uno de Yeats y no cualquiera, el que tradujera Antonio Rivero Taravillo como “El segundo advenimiento” de (1921). Ese poema de Yeats, afirma Vendler, no fue leído como lo que era, una inversión de todos los valores, por más obvio que fuera al leerlo: una profecía anticristiana. Era insuficiente para el paganizante Yeats –además de ser protestante en la furibunda Irlanda católica– con la publicitada sentencia de Friedrich Nietzsche: la Cristiandad espera una bestia para su renacimiento en Belén. Lo cual, tratándose de Yeats, algo tenía de autoflagelación: los poetas visionarios y proféticos también se equivocan como erraron, en su impreciso día, los autores testamentarios.

Al releer “The Bird with the Coppery, Keen Claws” (1921), de Wallace Stevens, Vendler no teme cometer algunos pecados estigmatizados por cierta academia, porque antes que crítica y profesora, fue lectora y entendió el ejercicio de leer a la Matthew Arnold, como “crítica de la vida”. Sin llegar a la obra abierta y esas temeridades, cada lector es distinto en diferentes momentos de su vida, y para ella, de niña, le sorprendía que ese pájaro de Stevens fuera, al parecer, no natural sino mecánico. El motivo de desconcierto lo resolvió en la madurez. Como en el caso de muchos poemas de Paul Celan, ese de Stevens responde a un idiolecto, empático con el de Joyce o de Raymond Roussel (él y Marcel Proust son los únicos autores no anglófonos citados en Inhabit the Poem). Otro punto a favor de Vendler: cuando lo necesita recurre a la influencia de “los novelistas especulativos”, un siglo atrás, sobre los poetas.

Si la rebeldía contra un padre autoritario caracteriza el poema elegido de Adrienne Rich (“The Middle–Aged”, de 1955), Vendler incursiona con sagacidad en la psicología y en el mundo social en sus relaciones con la poesía. Rich, como Dickinson, asociaba negativamente a la prosa con la autoridad; quizás la primera confundió la energía poética con la crítica social, de lo que también puede culparse, acusa Vendler, a Allen Ginsberg. Ella cree, con Robert Lowell (y algunos otros, agrego), que el poema no expresa el recuerdo o la memoria de una experiencia sino es, por sí mismo, un acontecimiento.

“La ciencia ficción” a la que acudió Robert Hayden, leemos en Inhabit the Poem, “es doblemente distópica” ello no se debe, como es obvio, a su condición afroamericana, sino a su pocas veces resaltada identidad con Jonathan Swift, cuya sátira pone en voz y en imagen de los negros de los Estados Unidos, resulta sorprendente (al menos para mí) la hermandad que une, según Vendler, a Marianne Moore con D.H. Lawrence (tan sólo dos años mayor que ella) en su rechazo del lenguaje y los valores de la clase media victoriana.

Es alentadora la facilidad con que Vendler se mueve entre los diversos dominios de la crítica. No le es ajena la teología y encuentra a la predestinación que atormentaba a John Milton como una “ordenada causalidad” para los modernos, ya sea histórica, psicoanalítica o biológica, la cual, empero, no ha variado demasiado. Seguimos presos en la oposición entre el determinismo y el libre albedrío. Para dejar de fumar y disolver ese entuerto, recurrimos al médico o a la variedad terapéutica posmoderna. Milton recurría a Dios.

Si Sylvia Plath, poeta respetada por Vendler con mayor enjundia que la de no pocos de sus colegas, vio en el nacimiento de su hijo una incurable ambigüedad, Vendler, una vez más y con suprema elegancia se identifica con la poeta suicida, aunque afirma, dudosamente, que pocas mujeres escritoras han sido madres. Habría que hacer cuentas, pero creo que allí se equivoca, sea cual sea lo que ello quiera decir.

A su ensayo sobre Gerald Manley Hopkins acaso le faltó un paralelo con San Juan de la Cruz, por aquello ocurrido cuando Dios, para los católicos, se ausenta. Frente a Ocean Vuong (1988), Vendler no se arredra ante sus recibos de compras de Amazon (2022) presentados por el aún joven poeta en tanto liturgia de la muerte de su madre que, como todo poema, acaba obligando a su lector a ejercer la interpretación, como ella misma lo hace frente a “The Lamb” (1789), de William Blake, o ante los epitafios que redactaba el solitario William Cowper (1731–1800).

Ante “The Artilleryman’s Vision”, escrito antes de que Walt Whitman, quien ya no estaba en edad de combatir en la Guerra Civil, pero se involucró en ella como enfermero, Vendler admira la naturaleza “cinematográfica” del poema, propia de uno de los pocos poetas quienes se sintieron capaces de describir “la guerra real”, asunto dejado a la épica, antes, y a la novela, después.

El último ensayo de Inhabit the Poem no podía sino estar dedicado a Emily Dickinson, materia de los esfuerzos más esmerados de Vendler, aunque el tema sea por qué ella escogió un borrador de Emily Brontë –“[No coward soul is mine]”– para que fuese leído en sus funerales eclesiásticos en 1886, decisión que extrañó a su escasa gente. En un poema no canónico de una poeta no canónica, famosa sólo por una novela (Cumbres borrascosas, 1847), Dickinson quiso establecer un enigmático linaje. Ninguna de las dos, ni la de Amherst, ni la otra Emily, creían en el Dios del resto de los mortales.