A Carla Saucedo

Seguimos nuestro tránsito entre el bullicio subido de los puestos y el navegar zigzagueante y suicida de las motocicletas sin sombra. Estamos bajo la égida del orden del caos. A esta altura la alborotada calle Bolivia cambia de nombre a José Joaquín de Herrera, ese heroico xalapito que fuera tres veces presidente de la República. En la esquina doblamos a la izquierda, en Manuel Doblado, general y ministro de Benito Juárez, y continuamos hasta su cruce con República de Costa Rica, que antes se llamó Los Parados. La tomamos con dirección al oriente. En este tramo el giro es de zapatos y tenis escolares.

Finalmente, unos pasos más adelante, llegamos al 146 de Costa Rica, esquina con Vidal Alcocer (también conocido como Eje 1 Norte, Circunvalación), donde se alza la cantina El Puerto de Barcelona. Antes de entrar, le señalo a mi amigo un coqueto reloj público enclavado en la fachada de esta casona decimonónica, que en sus bajos alberga a nuestra tomaduría.

El Puerto tiene entrada por Costa Rica y por el Eje 1 Norte. Traspasamos sus tumultuosas puertas batientes, pintadas de rojo metálico. Un aire rancio y tibio nos sacude el rostro. Para nuestra fortuna, la barra está libre. Apañamos dos lugares. Roberto es el capitán-cantinero de este embarcadero, quien tras los consabidos saludos de bienvenida nos pregunta que qué queremos beber.

Y dado que mi amigo y yo no tememos imaginación: “Lo de siempre Beto, para los dos, por favor”. Mientras Roberto nos alista un par tequilas blancos HB y uno de Coronas, miramos en derredor. Un diminuto baño, mesas de uno por uno dispuestas en un pequeño pero acogedor salón. Entonces le propongo a mi acompañante que nos levantemos para apreciar algunas fotografías que cuelgan de las paredes. Sobresalen los retratos icónicos de Lucha Villa, Pedro Infante, Jorge Negrete…, pero las que a mí más me interesan son dos que congelan el pasado de esta cantina. En una de ellas puede observarse una marquesina que dice: “Lonchería. El Puerto de Barcelona”, seguido de un logotipo de Corona y, a un costado, la “Ferretería El Ancla de Paz y Noriega”, que aún existe. A juzgar por el auto que aparece estacionado sobre Vidal Alcocer, la instantánea fue tomada hacia 1950.

En la otra imagen, disparada desde Costa Rica, la marquesina dice “Bar El Puerto de Barcelona. Carnes y Mariscos”, seguido de un logotipo igual. Otra vez por la referencia de los autos, esta foto parece haber sido capturada hacia la década de 1970.

Regresamos a la barra. Nuestros bebistrajos están servidos. ¡Salud! La barra del Puerto es exquisita, aunque un tanto remendada, como las ropas de un vagabundo. Tiene forma de J, buena factura y está bellamente ornamentada con madera tallada al estilo Art decó. La cocina, de la que ahora salen buenas tortas y garnachas, está al fondo y comparte parte de la barra. Está delimitada por una cadena de grasosos canceles de vidrio esmerilado y biselado, a cartabón, sostenidos por primorosos mástiles enjoyados con latón. Aunque algo desgarbada, ésta sigue siendo una de las barras más lindas y peculiares de la ciudad.

La contrabarra es de fuste, repisas y espejos grises, plagada de redomas con chisguetes de licor. Y lleva la misma hechura de la barra. En contraste, los muros están pintados de verde espárrago brillante, como vómito de niño preescolar. “El Puerto de Barcelona –le participo a mi amigo– fue fundado en 1925 y siempre le ha pertenecido a la misma familia: los Morán. Don Raymundo Morán fue su creador. Originario de Vegaquemada, provincia de León, España, Raymundo vino a México en 1905, en compañía de otros paisanos suyos, de entre los que destaca Pablo Díaz Fernández, quien en 1925 fundaría, junto con otros inmigrantes españoles –como Braulio Iriarte, Félix Aramburuzabala y los hermanos Oyamburu Arce– Grupo Modelo y la cerveza que ahora mismo estamos bebiendo: Corona”.

En un primer momento, Raymundo probó fortuna en las minas de Hidalgo, pero hacia 1920 se estableció en la Ciudad de México e inició un pequeño emporio de tiendas de abarrotes y cantinas. La primera de ellas estuvo en la calle Alarcón, cerca de aquí, en Mixcalco, que se llamó La Nueva Leonesa y en la que –según su creador– llegaba la Banda del Automóvil Gris a repartirse los despojos del botín. Más tarde fundó la tienda-cantina El siglo XX, en el cruce de las calles Costa Rica (a esa altura antes llamada Vázquez) y Aztecas, seguida de El Águila, que estuvo también en Costa Rica y su empalme con Argentina. Finalmente, en 1925 abriría sus puertas la joya de la corona: El Puerto de Barcelona, la única que aún sobrevive.

La fórmula abarrotes-cantina fue una mancuerna muy popular y redituable entre las primeras bebedurías de la ciudad. Era común que funcionaran como una mezcla de vinatería y expendio de productos “finos” o importados, como enlatados, chocolates, dulces y toda clase de vinos y licores. En la pared destaca otro cuadro. Se trata de un letrero despintado que reza así: “EL PUERTO DE BARCELONA. Abarrotes y cantina. Contamos con un moderno refrigerador, para mantener en buen estado: Carnes frías, mantequilla, queso, crema [chelas, ajúa], etc. Servicio rápido a domicilio. Atendidos por Manuel Morán. Tel. 26-66-82”.

Manuel fue el hijo de Raymundo que siguió con el emporio, que tranquilamente fue muriendo víctima de la modernidad, la especulación económica y el sismo de 1985. Ahora su hijo, también de nombre Manuel, es quien sostiene e impulsa este Puerto de aire viejo, última trinchera; última cantina del barrio de Atzacoalco. Platicando con Manuel, el nieto, sabemos que a esta cantina solían venir algunas personalidades, como Raúl el Ratón Macías, boxeador e ídolo eterno que vivía a la vuelta, en Granaditas, que en compañía de familiares y amigos solía organizar aquí comilonas y bacanales.

Otro visitante frecuente fue Paco Malgesto, el patriarca de la televisión mexicana oriundo del barrio de La Merced. Además, como esta cantina está cerca de Tepito, muchos jugadores del Maracaná, ese épico estadio de futbol en el corazón del barrio cuyo nombre es Centro Deportivo Fray Bartolomé de las Casas, recalaban en el Puerto para refrescar el gañote después del partido. “Incluso –recuerda Manuel– mi padre llegó a patrocinar a un equipo que se llamó “El Barcelona”. El Puerto de Barcelona es un remanso y un surtidor para los sedientos andariegos de esta ciudad incandescente, de cielo gigante y oscuros tugurios.

Continuará…

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