Bronce
En 2024 el museo Guggenheim de Nueva York exhibió una retrospectiva de la artista Jenny Holzer, famosa por convertir el lenguaje en materia prima de su obra en forma de aforismos, frases y párrafos críticos, desconcertantes o irónicos, en pantallas de LEDs, rótulos, proyecciones y otros medios en espacios públicos. Una de las piezas incluidas, Cursed (2022) consiste en 296 láminas de distintos metales y formas grabados con tuits de Donald Trump. La materialidad tosca de las placas con textos ridículos, agresivos o resentidos chocaba con la inmaterialidad efímera de las redes sociales. Estas piezas, inspiradas en tabletas grecolatinas de insultos, maldiciones y promesas de venganza, parecían objetos arqueológicos, registros aparentemente solemnes con un efecto cómico provocado por la contradicción entre fondo y forma.
En su regreso triunfal a la Casa Blanca Trump creó un Paseo presidencial de la fama, donde puso placas de bronce debajo de la foto de cada expresidente escritas en el estilo de sus tuits (que ahora postea en su propia red: Truth Social). Las descripciones están repletas de falsedades, desprecio y absurdos. En el caso de Joe Biden (a quien se refiere como Sleepy Joe) en vez de su foto incluye la de un autopen (dispositivo electromecánico que se usa para imitar escritura y firmas humanas). Aparte de la infundada acusación de que Biden ganó la elección por fraude electoral, señala que causó la peor inflación de la historia, una mentira fácilmente refutable. Como tantas otras acciones trumpianas, este Paseo es una celebración de su carácter inmaduro, vengativo y abusivo, pero va más allá al darle un giro a la parodia de que fue objeto en la obra de Holzer así como de otros comediantes, críticos y políticos. La impostada sobriedad de su paseo en contraste con la bufonería de sus textos crea una caricatura en la que el objeto de la ironía se ha perdido. La exestrella del Reality desmantela la crítica en su contra al reapropiarse y celebrar sus mensajes y las burlas que provocan, con lo que enfatiza su carácter incorregible, su narcicismo vociferante y su blindaje a prueba de escándalos, torpezas e ignorancia.

Oro
Si en su discurso de aceptación en 2017 Trump habló de que era el momento de “detener la carnicería americana” en el 2025 enmarcó su regreso a la presidencia como el inicio de una “edad dorada”. Y esa como otras promesas la ha cumplido en su primer año. Recubrió aproximadamente la tercera parte de cada pared de la oficina oval y otros espacios de la Casa Blanca con filigrana dorada. No dejó rincón sin destellos, resplandores y decoraciones áureas. Para llevar la cursilería de sus delirios monárquicos más lejos demolió, ignorando las protecciones a los monumentos históricos, el ala este de la Casa Blanca para construir un gigantesco salón de baile. Su fascinación con lo suntuoso condensa los peores clichés del noveau riche que babea con la opulencia y el ornato sobrecargado. Una exuberancia fatua que recuerda a la película de los hermanos Marx, Duck Soup (Leo McCarey, 1933), donde el presidente Rufus T. Firefly (Groucho Marx) demuestra que no es posible degradar lo que carece de dignidad.
Su universo, desde Mar A Lago hasta la Torre Trump, está marcado por el exceso, los delirios neobarrocos de abundancia (el excusado de oro es su mejor emblema) donde el oro juega un papel performativo, un simulacro que intenta dar legitimidad y contundencia a su ascenso del mundo de la suma-cero de los negocios a la política. Trump busca literalmente su reflejo en el oro como una forma de multiplicarse, de ampliar su presencia como parte del espectáculo que es su vida. Para Trump y sus similares el refinamiento es inútil cuando se tiene poder, cuando se es “un ganador”. El oro deja de ser sinónimo de belleza o elegancia para volverse símbolo de triunfo y acumulación en una sociedad de consumo compulsivo y satisfacción instantánea. El oro de Trump es la abolición del sentido del gusto y como sus placas de bronce destruye el poder de la ironía y fractura las jerarquías culturales.
Plata
Al tiempo en que el oro cubre los muros de la Casa Blanca, que Trump trata de convertir en un palacio, los bolsillos, inversiones y cuentas de sus familiares, amigos y asociados se siguen llenando de plata. Cada semana alguna nueva revelación estruendosa de los negocios de Trump y sus afiliados ponen en evidencia un enriquecimiento sin paralelo histórico para la “primera familia” estadounidense y sus cómplices. No hay pudor, desde su súbito y desbocado apoyo a las criptomonedas hasta sus futuros mega hoteles y campos de golf en Dubái y Catar, entre docenas de proyectos de inversión nacionales y extranjeros, pasando por el avión presidencial que “le regaló” el gobierno catarí. Mientras tanto su enfebrecida campaña de caprichosos aranceles desató una y mil crisis en la economía planetaria y puso en evidencia que su frenesí desbocado era imposible de ignorar. Para Trump no es necesario recurrir a pretextos bienintencionados cuando emprende una aventura militar o intervencionista. Sus predecesores se llenaban la boca de buenas intenciones al enviar tropas a invadir naciones. Ambos presidentes Bush lo hicieron al pregonar que su intención era democratizar Iraq o salvar al pueblo de un dictador o proteger a las mujeres. Si una virtud tiene Trump es que no miente y declara que solo se interesa en las riquezas.
Desde antes de tomar el poder comenzó una campaña de intimidación y amenazas con frívolas demandas multimillonarias en contra de bufetes de abogados que veía como enemigos, medios de comunicación, directores de empresas tecnológicas y otros enemigos potenciales e imaginarios. Muchos optaron por doblegarse y literalmente pagar por protección en forma de donativos al crimen organizado desde la presidencia. Este chantaje no provocó resistencia, sino que los ejecutivos y multimillonarios vieron una real oportunidad de comprar poder y acceso.
Conquistador
Todos los presidentes estadounidenses han practicado el intervencionismo en el mundo pero Trump ha venido a darle un carácter mercantil y descaradamente imperial a sus aventuras y su ambición de conquista. Para el presidente 47 la ideología no tiene importancia y las leyes internacionales son irrelevantes ya que sólo se aplican a las naciones débiles y a los enemigos. Harían falta muchas páginas, litros de tinta e inmensa paciencia para hacer un catálogo detallado y minucioso de las barbaridades, atropellos, crímenes y desplantes del señor Trump en su primer año de regreso en la presidencia, así que nos debemos de conformar con un repaso somero y superficial de un año dorado en que pasó de prometer ser el presidente del “America Primero” al delirio de poder que le dio bombardear Irán y Nigeria aparte de los usuales blancos de Siria y Yemen, entre otros. Su entusiasmo aumentó exponencialmente al destruir docenas de embarcaciones (acusándolas de ser narcolanchas y matando a un centenar de personas sin cargos ni evidencia de crimen alguno), bombardear la capital de Venezuela y secuestrar al presidente Nicolás Maduro y a su esposa de su cama (lo cual comparó con ver un programa de televisión). Bombardeó las plantas nucleares iranís, anunció que tomaría el control de la franja de Gaza (expulsando a la población palestina), propuso incorporar a Canadá como el estado 51 y recuperar el canal de Panamá.
No es una comparación meramente retórica considerar su incursión y secuestro en Caracas como el Anschluss trumpiano. Así como Hitler se envalentonó al anexar Austria casi sin resistencia, el 12 de marzo de 1938, con el apoyo tanto de buena parte de la población austriaca y alemana como el silencio cómplice del mundo (México tuvo una de las reacciones de indignación más valientes del mundo en contra este crimen internacional), Trump, quien mencionó 25 veces la palabra petróleo en su conferencia de prensa postsecuestro de un presidente, celebró su impunidad y la presunta precisión de su agresión (en la que asesinaron a 80 personas) anunciado sus próximas violaciones de la ley internacional. El gustillo del triunfo le desató la ambición de apoderarse de Groenlandia (“les guste o no”), eliminar al presidente de Colombia, Gustavo Petro, y atacar a los narcotraficantes mexicanos (que según él controlan al país). Su justificación es un regreso a la doctrina Monroe, que en su inagotable euforia pueril ha rebautizado como Donroe, así como antes llamó Golfo de América al Golfo de México y añadió su nombre al Kennedy Center.
Todo mundo sabía que el regreso del trumpismo y la camarilla de aduladores con apariencia de villanos de Marvel de pacotilla (Pete Hegseth, Karoline Leavitt, Kristi Noem, Pam Bondi, Scott Bessent y por supuesto el pequeño Goebbels: Steve Miller) desataría un tifón cultural, económico y moral. Probablemente donde se manifestó inicialmente fue en las universidades, que acusaban de wokeismo. El ataque en contra del liberalismo en las humanidades pronto se extendió a otras áreas, incluyendo a las ciencias a las que están dejando sin recursos ni apoyo. En buena parte esto fue resultado de la virulencia de la campaña antipalestina y la urgencia de desmantelar los programas de diversidad, equidad e inclusión en todos los dominios de la cultura, comercio y gobierno.
Fracturas
Su enfoque y dispendio en guerras extranjeras y el abrir aún más la válvula de recursos militares y fondos para Israel provocó la primera ruptura considerable en su base MAGA (Make America Great Again), lo cual llevó a una de sus aliadas más fieles, Marjorie Taylor Green, a criticarlo y después de volverse el objeto de su rabia tuvo que renunciar al congreso y a sus aspiraciones políticas. Si bien Trump se ha beneficiado de la pasividad que provocó la ostentosa derrota de Kamala Harris y la complicidad-parálisis del partido demócrata, uno de los reveses más impactantes a su brutal derechización y autoritarismo fascista fue el triunfo de Zohran Mamdani en la elección para alcalde de Nueva York, la cual tuvo un enorme impacto en el país y el exterior. El entusiasmo que generó esta victoria ha tenido resonancia en las elecciones de socialistas democráticos en otras partes del país (la mayoría sin el apoyo del partido demócrata). Además el escándalo sin fin que son los archivos de Epstein, en los que Trump y una buena parte de sus aliados (y no pocos detractores) salen mencionados numerosas veces, seguirá desangrando el apoyo de las bases MAGA que ven ahí una obvia manifestación de la corrupción del poder y perversión de las elites.
Trump prometió detener la inmigración ilegal que se desató sin control durante el gobierno de Biden. Para eso emprendió una brutal campaña de acoso, persecución y deportación contra inmigrantes, solicitantes de exilio y refugiados (al tiempo en que se compró el bulo de que los sudafricanos blancos eran víctimas de persecución y masacres por lo que les abrió la puerta a los afrikáners). Todos los días el grotesco espectáculo de la persecución de personas por guardias enmascarados de ICE (que han sustituido a las milicias armadas de derecha que acechaban los eventos públicos) en ciudades y pueblos se ha multiplicado y ha aumentado en violencia. Más de 30 personas murieron encerradas o en redadas de ICE en 2025 y este año comienza con dos más: Keith Porter y Renee Good, asesinada frente a docenas de cámaras. ICE se ha convertido en una versión trumpiana de la Gestapo, una fuerza de choque con enorme presupuesto (mayor que el de la Marina) que no rinde cuentas a nadie y puede encarcelar gente sin procedimientos judiciales. No sólo este último crimen fue defendido por Trump y su séquito sino que ha servido para poner en evidencia que la crueldad, la mezquindad, el descaro y la alevosía siguen siendo el mensaje en una “América” donde no todos los “americanos” cuentan igual. Con sus acciones internacionales y nacionales Trump se consolida como el Führer autoritario que siempre quiso ser, el déspota que solo dejará el poder cuando las masas asalten sus palacios dorados.

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