Los mentolados muros de la cantina Salón España, en la esquina de Argentina y Luis González Obregón, están tapizados por un arsenal de cuadros variopintos. Fotografías, oleos, acuarelas, caricaturas, dibujos, litografías… De entre la miscelánea galería, algunas obras llaman mi atención. Estamos acodados en la barra que, aunque breve, da cabida a todo aquel que así lo necesite, lo mismo a trajeados caballeros de fina estampa que paladean un copetín, que a náufragos desesperados que beben su cerveza a grandes tragos, a tragos desproporcionados, como si el mundo fuese a acabarse después de cada trago.

Sólo aquí, en el España, me atrevo a cambiar de caballo. José es el cantinero en jefe en este abrevadero. Impertérrito y sediento, le pido encarecidamente que me sirva un caballito de tequila. Pero esta vez no de mi acostumbrado Herradura, sino Tapatío Blanco. Ese tequila es un placer; puritito fuego purificado. Y esta cantina es de las pocas en la ciudad que lo ofrece. A propósito de ello, le cuento a mi amigo que el Salón España es famoso, entre otras cosas, por tener una de las cartas más extensas de marcas de tequila (casi doscientas).

Aunque la verdad de las cosas –le confieso a mi compañero–, para mí esa lista se reduce a tan sólo tres (con sus respectivas variantes): Herradura, Siete Leguas y Tapatío. Dentro de los “Tapatíos”, yo prefiero los dos blancos: el clásico, con 47% de graduación alcohólica (cada buche es una brasa aceitosa que se acomoda con delicia en el estómago), o el Tapatío 110, con sus poderosos 55% de prístino alcohol (sorbo radiante, terso beso, trayecto cálido e infernal). Le recomiendo a mi andariego amigo que pruebe el Tapatío. “Es un tequila no industrializado, hecho por la familia Camarena Hernández desde 1937, en Arandas, en la región de los Altos de Jalisco”. No se hable más, accede mi noble y ávido amigo.

En tanto nos sirven los tequilas –con sus consabidas Coronitas–, le doy un breve paseo a mi amigo por el interior del España. Nos detenemos, primero, ante una acuarela que es también un interesante mapa. Se trata de una especie de carta o plano callejero que da cuenta de las cantinas desaparecidas que habitaron este barrio, el otrora Barrio Universitario. Al más noble estilo de los mapas del siglo XVII, el autor de esta obra –el maestro acuarelista, pintor-cronista, arquitecto, bicicletero y muralista Rafael Guízar– ubicó y retrató las fachadas de esas ahora extintas cantinas: El Nivel, La Concha, La Potosina (que sigue vivita y coleando), La Peninsular (escenario de la enorme película El Callejón de los milagros, en la que don Rutiliano (Ernesto Gómez Cruz) era el dueño y cantinero), La Valenciana…

Otra fascinante acuarela –también de Rafa Guízar– que le muestro a mi amigo es la que retrata la fachada de la cantina en la que ahora nos encontramos. La obra denota el fino trazo de su autor; de educado arquitecto. La acuarela, pues, nos muestra el exterior del Salón España que, como ya se ha dicho, está en los bajos del antiguo edificio del Colegio de la Enseñanza (1754), el primero en su tipo para la educación de mujeres en América, que luego fuera cárcel, oficinas de la Suprema Corte de Justicia, Casa del Estudiante, Archivo de Notarias y que, desde 1994 (restaurado por Teodoro González de León), es sede del Colegio Nacional.

Y a propósito de fachadas, esta última acuarela labra un vaso comunicante (hablando de vasos, ya me dio sed ¿y nuestros tequilas?) con una fotografía que pende de esta misma pared. Damos unos pasos y se la muestro a mi amigo. Se trata de una instantánea que captura un momento, del verano de 1923, de la vida cotidiana de este barrio. La foto congela el instante en que un grupo de bomberos reprime, sofoca, una incendiada protesta estudiantil, a golpe chorros de agua y manguerazos. Y de fondo, en la foto, se alcanza a ver la marquesina de esta cantina: SALÓN ESPAÑA.

Vislumbro que José ya nos ha servido. Mi amigo y yo regresamos a la barra. Nuestros aperlados, diáfanos y humeantes tequilas nos esperan, derramándose. Decimos salud y les demos un buen sorbo. ¡Ah, beatífico y blasfemo Tapatío que nos brindas estos instantes de juiciosa locura! Pasado el paroxismo tequilero, mi amigo y yo retomamos el paseo por la colección de cuadros del España. Destacan algunas litografías de Casimiro Castro –el célebre pintor hidalguense considerado el mayor de los cronistas gráficos del siglo XIX–, algunos bocetos del arquitecto y pintor Felipe Rallas, una caricatura de Quitos (que retrata a los hermanos Asencio, Ricardo y Martín, dueños de esta cantina), y montones de fotografías de personajes y pasajes de la historia de México.

Otro tequila, s'il vous plaît. Pero, acaso el personaje más retratado en el España sea Pancho Villa. El generoso e invencible Robin Hood, para algunos; el bandolero, terrorista y asesino despiadado, para otros. Como sea, Villa ha dado material a pasto para leyendas, canciones, libros, corridos, pinturas, fotografías y hasta películas. Por cierto, es sabido que en 1914 –el año en que Villa fue el hombre más poderoso de este país– la Mutual Film Corporation firmó con él un contrato de exclusividad, por 25 mil dólares, para que se dejara filmar durante sus incursiones militares y con ello armar un documental que se titularía The Life of The General Villa. La cinta se estrenó, sin pena ni gloria, en noviembre de 1914 en Nueva York.

Sin embargo, de ese esfuerzo cinematográfico provienen gran parte de las imágenes que hasta ahora conservamos del Centauro del Norte. Hay en el España una foto muy popular de Villa. Se la muestro a mi amigo. (¡Más tequila!, por favor, José) En ella se puede ver a un Villa montando, enhiesto, jalando la brida de su brioso caballo, El Siete Leguas (que era una yegua y de donde salió el nombre del tequila), y a su izquierda se alcanza a ver a un pequeñito hombre con sombrero que conduce una carreta. Se trata de Kingo Nonaka el enfermero nipón de la División del Norte. En la barra, con tequila en mano, le cuento a mi amigo parte de la fascinante historia de este japonés…

No sé cómo nos fuimos del España. Sólo recuerdo que mi amigo y yo salimos por la calle Luis González Obregón y esperamos nuestros respectivos taxis. Mientras aguardábamos, henchidos de placer, alzamos el rostro y leímos parte de las palabras de la cúpula del viejo Templo de la Encarnación, hoy perteneciente a la SEP: “Todo Mal”. Pues sí, Todo Mal. Todo está mal. Qué remedio. “Nos vemos, querido amigo, descansa, que mañana nos la curaremos en La Potosina”.

Continuará…

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