Estamos en el corazón de La Faena. En su amplio salón, en sillas y mesas de plástico –de esas de anuncio de cerveza–, se apiña una estridente muchedumbre voraz. Mi amigo y yo hacemos lo propio, ocupamos una mesa contigua a una pared. Del luminoso salón, engalanado con vejestorios fetiches taurinos, gentes entran, salen, ríen, rugen, bailan, beben. Al centro, una antigua rocola truena con la música más variopinta. Marcos, mi mesero de confianza, distribuye bolas de cerveza “clara, oscura o campechana”, aquí y allá. Me mira y a la distancia me pregunta que si lo de siempre. Con señas le respondo que sí, pero esta vez por dos. En la cantina el lenguaje de señas es universal: la cuenta, otra ronda, el que sigue, dos iguales… En mi caso “lo de siempre” –ya lo habrán notado, estimadxs lectorxs– se refiere a tequila Herradura Blanco (HB para los compas) y una Corona.
El tequila es una bebida que se fuma pues, como el tabaco, se disfruta más de regreso que de ida. No se paladea debajo de la lengua ni se entretiene en la boca. Se traga. Eso sí, un sorbo generoso, no la totalidad del caballito, y menos directo de la botella. Allá ustedes si le hacen caso al abstemio y persignado de Pedrito Infante. “¡Ay, esto es vida y lo demás son tarugadas! Y apréndete esto, Chenchito: Mientras cómanos, ámenos y bébanos, aunque no trabájenos…”.
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Bueno, decía: se bebe un trago de un tirón, con el estoicismo de un faquir que se ha tragado una brasa, y el placer viene después, al exhalarse, cuando sus vapores retornan por donde vinieron. El ritual es exactamente el contrario al del vino tinto, por ejemplo. De ahí que el tequila se sirva en caballitos, para dejar a la nariz fuera de la ecuación. Y a propósito de caballitos, viene a mi mente aquello que escribió el gran poeta Efraín (Infraín, para los Infras) Huerta: “El tequila blanco ya está servido en la copita larga. Nunca supe por qué lo llaman caballito: sería tal vez porque a las cinco copas empieza uno a galopar por mar y cielo sobre la yegua Siete Leguas”. Siete Leguas es la marca de un tequila que alguna vez disfruté pero que dejó de ser santo de mi devoción el día en que, para agradar a los paladares norteamericanos, le agregaron un sabor avainillado.
Un tequila blanco, digámoslo así, sabe a cinco cosas: a húmeda lumbre (pues su corazón ha sido sometido a la alquimia del fuego), a tierra (es una bebida campirana, bucólica), a lluvia (proviene de una planta que no se riega, toda su aceitada acuosidad proviene de las nubes), a planta (a agavácea sangre azul) y a alcohol (olisquear los ligeros vapores que se escapan al servirlo. A mí me gusta sumergir el dedo para sentir y probar su aceite, y mojarme los labios con él antes de probarlo).
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Siete Leguas –como bien lo apunta el maestro Efraín– también fue el nombre de una connotada yegua: la favorita de Pancho Villa. Se dice que el Centauro del Norte le puso ese nombre porque la potranca era capaz de correr siete leguas a galope desbocado. ¿Cuánto son siete leguas? (Hay leguas largas, medias y cortas) Vayan ustedes a saber, pero supongo que es un chingo. Y hablando de carreras y caballos, Marcos llega aprisa a nuestra mesa con la botella de HB, dos caballitos y dos cervezas. Con envidiable destreza, escancia el tequila al tiempo que nosotros gozamos del misterio que significa el collar de perlas que forma un círculo perfecto en las paredes de la copita. Es un obsequio que el tequila ofrece a sus fieles devotos. Luego, destapa las Coronas con sonoro desparpajo. ¡Ah, cómo quisiera que este fuera mi primer trago del día! Pero la carrera ha sido larga. Ni modo, no se puede todo en esta vida. Decimos salud y les echamos sendos tragos a nuestros tragos.
Y entonces recuerdo un libro que hace varios ayeres me maravilló. Se titula El primer trago de cerveza y otros pequeños placeres de la vida de Philippe Delerm. Se trata de un compendio de brevísimos ensayos acerca de actos cotidianos y minúsculos que a su autor le producen placer. Por ejemplo: ayudar a pelar chícharos, oler manzanas, leer en la playa, el periódico en el desayuno o el primer trago de cerveza. De este último llevo en la memoria la frese: “Es un placer amargo: bebemos para olvidar el primer trago”. Carajo.
Y ya que estamos hablando de la refutación del tiempo, de pronto caigo en cuenta de que hace algo así como quince años estaba en este mismo lugar, sobre las mismas albas y modestas mesas, sobre la misma loseta. Es como si no me hubiera movido de aquí en todo ese tiempo. Pero ¿todo es igual? No lo creo. Por aquellos años La Faena era oscura, solitaria, decadente, en el umbral de la bancarrota. Era frecuentada por acianos carcamales de misantrópico temperamento.
Todo comenzó así –le cuento a mi amigo–: a mediados de la primera década del siglo XXI, mis amigos y yo nos convertimos en apasionados buscadores de cantinas y abrevaderos. Todos los viernes del señor, al salir de clases de la universidad (estudiábamos en Ciudad Universitaria), emprendíamos la odisea en Metro: nos alejábamos 20 kilómetros hacia el norte de nuestro terruño universitario, enclavado en los pedregales de San Ángel y Santo Domingo, para adentrarnos en el vetusto, bullanguero y aún violento Centro Histórico de la Ciudad de México (“eje del orden y el desmadre”, escribiría Monsiváis).
Descendíamos –o emergíamos– en el metro Juárez, en Pino Suárez (sin albur), a veces en Bellas Artes, y comenzábamos la travesía sin más brújula que nuestro olfato de gambusinos de alma vieja y nuestra inquieta y santa sed. Nos perdíamos por calles, plazas y callejones, peinando la zona, hacia la Ninguna Parte, aguzando la mirada y los sentidos, pidiendo ser abducidos por cualquier tomaduría que destilara alcohol barato, música, tufo y calor.
La Faena fue uno de nuestros mejores hallazgos. Era cavernosa (para ahorrar luz no prendían todos los focos), olía a rancio, rebaños de ratas y cucarachas corrían por todo el lugar a placer, regalaban quesadillas de papa y la cerveza costaba 10 pesos. ¡Qué más podíamos pedir! Habíamos dado con el paraíso. Luego nos enteramos de que La Faena había tenido un pasado exquisito. Entre las décadas de 1970 y 1990 fue un exclusivo restaurante bar, favorito entre los taurófilos, que además ofrecía “variedad”. Se presentaban artistas de la talla de Chelo Silva, famosa por sus interpretaciones de “Cheque en Blanco”, “Limosnera de tu amor” o “Como un perro”, quien incluso después de muerta siguió aquí cantando.
Continuará…
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