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Este jueves 23 celebramos el Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor, continuando la tradición del festival de Sant Jordi, en Cataluña, cuando las personas se regalan libros y rosas.
Pero, ¿por qué es conveniente celebrar un objeto como el libro? La novelista estadounidense Dani Shapiro nos da su punto de vista: “Los libros no brillan. No emiten pitidos. No enlazan con nada más. No se puede hacer clic en ellos. Al principio pueden parecer sencillos, incluso aburridos. Quizás te preguntes: ¿para qué sirven? Pues bien, contienen nada menos que el mundo entero. Opulento. Asombroso. Rico más allá de tu imaginación. Esperando a que lo abras.”
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La neurocientífica estadounidense Maryanne Wolf nos lo dice en sus palabras, en su fantástica obra Lector, vuelve a casa: cómo afecta a nuestro cerebro la lectura en pantallas, publicada por Deusto, un sello de Editorial Planeta:
“Los seres humanos no nacieron para leer. La adquisición de la alfabetización es uno de los logros epigenéticos más importantes del Homo Sapiens.” Y continúa diciendo que:
“El acto de aprender a leer añadió un circuito completamente nuevo al repertorio de nuestro cerebro homínido. El largo proceso de desarrollo para aprender a leer de manera profunda y correcta cambió la estructura misma de las conexiones de ese circuito, lo que reorganizó el cerebro y transformó la naturaleza del pensamiento humano.”
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Ahora bien, la mejor forma de celebrar este prodigio del intelecto humano que es el libro, sería a través de una política pública integral que reconozca al libro y la lectura como motores del desarrollo cultural, educativo, social y económico de México. Lamentablemente, estamos muy lejos de ello. Mientras que en el congreso se discuten ad infinitum y de manera inútil los planes B, C, D y demás de una reforma electoral que nadie pidió, la política integral de fomento al libro y la lectura duerme el sueño de los justos.
El español es el segundo idioma con más hablantes nativos, después del Chino Mandarín, con alrededor de 590 millones de personas. Mientras que España tiene una población de unos 48 millones de personas, México tiene unos 129 millones, es decir casi tres veces más.
Sin embargo, la industria editorial española y la exportación de libros en España son aproximadamente tres veces mayores que en México. La pregunta obligada es por qué. ¿Es que hay alguna diferencia genética entre españoles (hermanos queridos, quienes por cierto no nos deben ninguna disculpa de nada) y mexicanos? ¿Son acaso los españoles más inteligentes, más cultos, o mejores empresarios?
Por supuesto que nada de lo anterior. La respuesta es muy sencilla. En España hay un esfuerzo consciente del estado para impulsar al libro y la lectura como motores del desarrollo. En México no.
Cuando fui presidente de la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana, CANIEM, intentamos durante tres años, en forma incansable aunque infructuosa, convencer a autoridades federales y al congreso de la importancia de contar con una política pública de fomento del libro y la lectura.
Al día de hoy, libreros en Guatemala prefieren importar libros de España y no de México, por los costos de transporte. Las librerías en México, el eslabón más débil de la industria, pero cuya vocación es de ser el principal escaparate de las publicaciones editadas en México, y que deberían de contar con todo el apoyo del estado, sufren de una regresión tributaria: tienen que incluir como costos de operación el IVA de los libros que no pueden cobrar al consumidor.
Por otro lado, el Derecho de Autor es el marco legal que permite y propicia que florezca el ecosistema del libro. Gracias al Derecho de Autor, miles de autores y editores en todo el mundo pueden invertir tiempo y dinero en la creación y publicación de tantas obras que enriquecen a la sociedad.
Sin embargo, en México los derechos de propiedad privada, incluyendo por supuesto la propiedad intelectual, son violentados todos los días. Enfrentamos un problema complejo de persistencia de piratería estructural, aunado a una débil aplicación de la ley.
Recuerdo que hace años nos dijo un subprocurador encargado de delitos de propiedad intelectual de la entonces Procuraduría Federal de la República, que había que considerar que quienes venden productos piratas están buscando un modo de vida y que las autoridades no podían hacer nada contra eso. Pobrecitos. Así la aplicación de la ley.
En México seguimos sin reconocer el poder transformador del libro y la lectura. En los últimos siete años se eliminó a la Dirección de Publicaciones de la Secretaría de Cultura, que había sido un actor clave en política del libro, lectura y difusión cultural, así como un importante espacio de diálogo entre el gobierno y la industria editorial.
La dirección desapareció y sus funciones fueron transferidas, a medias, al Fondo de Cultura Económica, la editorial del estado. Desde entonces, los editores mexicanos no hemos tenido interlocución alguna con la Secretaría de Cultura. A pesar de numerosos intentos para reunirnos con la Secretaria, los editores nunca fuimos recibidos. De manera lamentable, el libro dejó de ser cultura para la administración de la 4T.
En la mayoría de los países del mundo, los libros de texto escolares conforman la columna vertebral de la industria editorial. En México esa estructura se terminó por fracturar con la introducción del libro de texto único, publicado por el gobierno, a nivel secundaria.
Con esta decisión, la industria editorial mexicana quedó excluida por completo del segmento de libros educativos. Eso no sucede en casi ningún país del mundo, salvo en Cuba y Corea del Norte, y no es un buen augurio para celebrar el Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor.
De acuerdo con la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura), el libro es “una de las invenciones más bellas para compartir ideas y que encarna un instrumento eficaz para luchar contra la pobreza y construir una paz sostenible.” En México no lo hemos comprendido.
¿Cómo celebrar el Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor? La mejor forma sería reconociendo la importancia del libro y la lectura como motores de desarrollo, así como fortaleciendo la protección a la Propiedad Intelectual. Mucho por hacer en esta materia en nuestro país. Las soluciones están ahí, solo falta la voluntad política para lograrlo.
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