Por estos días apareció en Netflix la película argentina de 2022 El suplente. Lucio es un escritor que se mete de profesor de literatura en una secundaria pública en una zona visiblemente depauperada de la periferia de Buenos Aires. En su primera clase, suelta la pregunta a un grupo de estudiantes anodinos y desafiantes: «¿Alguien me puede decir para qué sirve la literatura?».

Cada respuesta es una febril provocación. Desinterés absoluto. Indiferencia. Uno de los alumnos ronca echado sobre el pupitre. Su actitud no sorprende. ¿Acaso no es un insulto hablar de literatura en medio de la pobreza y la violencia provocada por el crimen organizado?

Las cosas van a peor cuando al día siguiente, Lucio lee al grupo El juego en que andamos, el poema de Juan Gelman. «Si me dieran a elegir, yo elegiría / esta salud de saber que estamos muy enfermos, / esta dicha de andar tan infelices. / Si me dieran a elegir, yo elegiría / esta inocencia de no ser un inocente, / esta pureza en que ando por impuro. / Si me dieran a elegir, yo elegiría / este amor con que odio, / esta esperanza que come panes desesperados. / Aquí pasa, señores, / que me juego la muerte». Pareciera una venganza por el desdén estudiantil de la primera clase.

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¿Quiénes leen? ¿Para qué leen? Me llama la atención la autoproclamación de muchos como «lector voraz». Las redes sociales están inundadas de confesiones al respecto del inventario de los libros leídos en tiempo récord. La lectura es consumo. Se lee en clave espectacular, para romper la marca anterior y propagarlo. No leemos en la intimidad, sino en competencia.

Los datos contradicen esa vorágine de vanidad digital. Según la encuesta sobre hábitos de lectura de 2024 (INEGI), 70% de la población adulta en México se declara lectora, con un cálculo anual de 3.2 libros por persona. A partir de la encuesta, las estimaciones más optimistas reducen esa cifra a 1.3 libros.

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Crédito: Especial
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Hay quien ve en el hecho de no leer la causa del rezago de nuestro país. Leemos poco y, por lo tanto –dicen– hay pobreza e inseguridad. Si leyéramos más, seríamos Dinamarca. Porque los daneses leen mucho: 12 libros por persona al año con la red de bibliotecas públicas más usada del mundo (Eurostat, Comisión Europea: 2024).

¿Quiénes leen? ¿Por qué? ¿Para qué? En julio de 2021, el doctor Marx Arriaga declaró ante normalistas que «no se trata de leer por leer, sino asumiendo que el acto de lectura es un compromiso y genera un vínculo con el texto y el autor, y en la medida que se asume este ejercicio como algo que fomenta las relaciones sociales en donde no se trata de un acto individualista de goce, sino un análisis profundo sobre las semejanzas y diferencias con los demás, se estará formando a sujetos críticos que busquen la emancipación de sus pueblos».

Vista así, como mero vehículo de ideas, la lectura se vuelve instrumento de adoctrinamiento. Por eso hay libros prohibidos, porque contradicen y ponen en duda la doctrina que otros intentan propagar. Adolf Eichmann era uno de esos lectores voraces; un hombre muy culto. Según cuenta Hannah Arendt, mientras era juzgado en Jerusalén, el «encargado de su bienestar mental y psicológico le entregó Lolita [Nabokov] para que se distrajera leyendo. Al cabo de dos días, Eichmann lo devolvió visiblemente indignado, diciendo: “Es un libro malsano por completo”».

La propia Arendt recoge que Eichmann era absolutamente literal y que en cierto punto del juicio se disculpó diciendo que su único lenguaje era el burocrático.

Da la impresión de que la literatura ocupa otras coordenadas. Sus palabras son siempre metafóricas, más –mucho más– en el caso de la poesía. La poesía dice diciendo diferente. Cuando el amante del poema declara «te lloré todo un río, ahora llórame un mar» dice una cosa distinta a la que dice. Pero ese dicho refleja perfectamente que el amante ha superado la ruptura y se enfrenta a quien vuelve a él, arrepentida.

En una de las primeras escenas de la película de la que hablaba al inicio, Lucio presenta el poemario de una amiga en una pequeña librería. «Pienso en este momento del mundo –dice– en el que el lenguaje está tan estandarizado; más estandarizado que nunca y donde la sobrecomunicación, paradójicamente, nos termina aislando de nosotros mismos. Pienso en la importancia de escribir y de leer poesía hoy en día. Y acá viene la contradicción: ¿para quiénes escribimos? ¿Quiénes leen poesía hoy?».

La poesía se alza por encima del lenguaje estandarizado –el de la burocracia– para mostrar realidades que de otro modo serían inalcanzables. La poesía quita el velo de brutalidad y obsequia finura: elegancia. Al mostrarnos la belleza del mundo, la poesía nos previene de la fealdad de la barbarie y, además, suscita el encuentro con los otros.

En un apunte de 1921, Ramón López Velarde escribió: «Alguien me hablaba de cómo se acentúa la desgarradora fatalidad de lo sucio, reflexionando que sólo el animal lo es. Ante la limpieza de minerales y vegetales, impónese lo soez como la más dolorosa de todas las formas del mal».

La poesía –la literatura, el arte– no es asunto del Estado ni de gobiernos, sino personal. Somos las personas quienes la disfrutamos y la creamos. El deber de un gobierno es garantizar ciertos mínimos para que nosotros los de a pie podamos disfrutar la vida, para que, como describe López Velarde, podamos «caminar entre las sombras sin que las tinieblas más espesas consigan ocultar tu rostro».

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