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A Sophia
Antes de cruzar Motolinia, le subrayo a mi amigo una rutilante construcción: el edificio Banco Mexicano. Inaugurado en 1936 para albergar las oficinas de esa institución financiera –que en la década de 1950 pasó a llamarse Banco Somex–, fundada en enero de 1932, esta pétrea mole, de patrones geométricos, bien podría ser un distinguido habitante de ciudad gótica. De estilo art decó, en la actualidad tiene un uso habitacional. Pero en su sótano –que en realidad fueron las bóvedas del banco– alberga una notable rareza: el Zinco Jazz Club, un uliginoso antro subterráneo dedicado al jazz en México.
El Zinco –para los íntimos– surgió en la mente del artista plástico Ernesto Zeivy quien, junto con la cantante y compositora de jazz Magos Herrera, iniciaron este periplo musical y etílico en 2004. Ambos tomaron como ejempló el proverbial Zinc Bar, que hasta la actualidad abre sus puertas en el corazón de la ciudad de Nueva York. El Zinc Bar –también underground, de terciopelo carmesí, brillo y latón pulido, dueño de una imponente barra parisina–, en el 82 W 3rd Street del barrio de Greenwich Village, significó todo un movimiento cultural para su ciudad.
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Fundado en la década de 1930, originalmente llevó el título de Cinderella Club, y en su escenario se presentaron artistas de la talla de Billie Holiday, Dizzy Gillespie, Count Basie, Dexter Gordon…; el titán Thelonious Monk fue el pianista de la casa durante mucho tiempo. “Pues bien –le cuento a mi amigo mientras retomamos nuestra marcha por la anchurosa avenida 5 de Mayo–, Zeivy y Herrera, inspirados en aquel “secreto” bar neoyorquino, cambiaron ‘Zinc’ por ‘Zinco’, por la avenida ‘Cinco de Mayo’, y así nombraron a este nocturno garito, cuya puerta de entrada –diminuta y misteriosa– se encuentra en el número 20 de Motolina”.
Avanzamos, y a nuestro paso un rosario de notables edificios y negocios, que viven en esta histórica avenida, se suceden: La Dulcería Celaya, fundada en 1874, “con la marquesina más antigua que existe en la ciudad”; El Café La Blanca, “Desde 1915”, de vetustas y albas meseras que te regañan como cualquier buena tía; la Papelería El Globo, “Desde 1929”; el Hotel Gillow, inaugurado en 1876 y reinaugurado 1904 por Porfirio Díaz… El Gillow, por cierto, fue –junto con la ya mencionada cantina Gambrinus, y la Pastelería El Globo (Isabel la Católica y Madero), uno de los sitios predilectos de los conspiradores que, entre enero y febrero de 1913, planearon el Golpe de Estado que derrocaría al gobierno del presidente Francisco I. Madero, en el funesto episodio que se conoce como la Decena Trágica, por los diez amargos días –en realidad trece– que conmocionaron la vida cotidiana de esta ciudad, entre el 9 y el 19 de febrero de aquel aciago año de 1913.
Llegamos al cruce con Isabel la Católica. Nuestro destino, el soterrano Bar Astur, está a tiro de corcholata. Antes de advenir al cruce con la calle Palma –en la que viraremos– nos encontramos con un antiquísimo callejón, que en realidad es un doble callejón: la Olla (al sur) y la Cazuela (al norte). Ambos formaron parte de los entresijos de las casas del marquesado del Valle de Oaxaca, pertenecientes a Hernán Cortés.
Al llegar a esta confluencia no puedo evitar un recuerdo: justo en esta esquina (en el Callejón de la Olla), estuvo –hasta más o menos 2010– la icónica librería Cinco de Mayo, de Manuel Porrúa –no de los Porrúa argentinos (responsables de la ilustre colección "Sepan cuántos"), ni de los guatemaltecos (prósperos vendedores de libros), sino los Porrúa editores y libreros de herencia española–. A esta librería vine hace varios años –allá por 2007, quizá– acompañando a Alí Chumacero. La librería tenía un sótano, que albergaba parte del fondo reservado. El hijo de don Manuel (Manuel murió en 1981), Miguel Ángel, siempre presumía una carta firmada por el rey Carlos IV y una primera edición de la Historia de la conquista de México de Francisco López de Gómara. Hoy, en este edificio se encuentra el Bar Pata Negra, que inició actividades en 2016. Comenzó muy bien, hasta que se dejó embaucar por las olas de turistas y elevó sus precios por las nubes. En el fondo reservado (donde hoy están los baños del bar) Miguel Ángel tenía una cava en la que coleccionaba extrañísimos rones (había uno de nombre Ron Raro). Sacaba una coca cola tibia y sin gas, unos vasitos jugueros…. ¡Qué buenas cubas! Aquello era como beber a tres metros bajo tierra.
Estos dos callejones, además, han estado vinculados a las delicias del paladar. Desde tiempos inmemoriales –y hasta la actualidad (en el de la Cazuela)–, una gran cantidad de fondas ofrecen todo tipo de comidas. Algunas cocineras vendían sus guisos en cazuelas a ras de piso. De ello dejó cuenta el compositor potosino Severiano Briseño, en su canción “Los Agachados” –que inmortalizara el gran Tin Tan–: las “almuerceras” alimentaban a desdichados y crudos, quienes nutrían la barriga en cuclillas, “agachados”. En el corazón de la Cazuela, está el Hotel Juárez. Ahí se hospedó el poeta dadaísta Arthur Cravan, quien desapareció en 1918 en el Golfo de México. “Cravan en la panza de los tiburones del Golfo”, anotó Octavio Paz en su “Poema circulatorio”. Al fondo de ese callejón se encuentra la cantina La Montañesa.
El tiempo apremia, así que continuamos nuestro andar. Antes de doblar a la derecha, sobre Palma –que antes llevó el nombre de Alcaicería–, de pasadita le señalo a mi amigo el Hotel Washington: “Ahí vivió el poeta colombiano Porfirio Barba Jacob. En ese balcón –le participo a mi amigo–, cultivaba mariguana en masetas. Cierto día amagó con suicidarse, arrojándose del balcón, para evitar ser desalojado. Debía un mes de renta”.
Tomamos Palma, cruzamos la bulliciosa calle Madero, con riesgo de nuestras vidas; superamos El Rey del Pavo y unos cuantos metros más adelante recalamos al empalme con la calle 16 de Septiembre, en donde se halla nuestro destino, en Palma 40: el telúrico Bar Astur. Cabe aclarar que el verdadero nombre de esta caverna es Cabrito Astur. Así lo anuncia una placa azul y oro en la fachada. La entrada, por cierto, es diminuta. Nadie que pase por ahí con prisa la advertirá.
Ansiosos, descendemos por la estrecha y curva escalera, hacia las entrañas del Astur, que antes se llamó Bar Sobia, como un peñón calizo en la región de Asturias, pero que la gente llamaba salerosamente El Varsovia.
Continuara…
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