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Apenas seis meses después de que concluyera la exposición Mexiac. Legado de libertad en el Museo Nacional de Arte, se inauguró Adolfo Mexiac y su tiempo en el Museo del Estanquillo. La coincidencia no es casual. En 2024, el Instituto Nacional de Bellas Artes recibió una donación de 126 obras del artista, que fueron repartidas entre el Museo Nacional de la Estampa y el Munal. A ello se sumó la entrega por parte de Patricia Salas Velasco, viuda de Mexiac, de la serie completa de los impresos que realizó el artista para la Confederación de Trabajadores de México —CTM— a las Colecciones Carlos Monsiváis, hoy resguardadas en el Estanquillo. De ahí nace, casi de forma natural, la exposición actual. Varias de las piezas ahora exhibidas no se habían mostrado antes. Pero el interés de la muestra no radica únicamente en su novedad. Algo en la obra de Mexiac se siente urgente. Los temas que atraviesan su trabajo —la libertad de expresión, los derechos laborales y el autoritarismo— resultan inquietantemente actuales.
Adolfo Mexiac y su tiempo, curada por Rafael Barajas, reúne más de trescientas piezas producidas a lo largo de cinco décadas. Abarca grabados, dibujos, fotografías, pinturas y hasta textiles y piezas de cerámica. El recorrido temático deja ver una obra impregnada por la política, la lucha social y un compromiso persistente con las comunidades indígenas. El subtítulo —“y su tiempo”— sitúa al espectador en el México de la posguerra, un país que vivía el “milagro mexicano” de la industrialización y expansión urbana, pero que a su vez reforzaba mecanismos de control político y censura. Los grabados abordan momentos como la expropiación petrolera, el ascenso del fascismo europeo y la Guerra Fría. La obra de Mexiac funciona entonces como una ventana para mirar la historia nacional y sus tensiones internacionales desde una perspectiva gráfica. Al lado de sus piezas aparecen también trabajos de artistas asociados a la misma tradición gráfica y militante, como Leopoldo Méndez, Pablo O’Higgins e Isidoro Ocampo.
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Adolfo Mejía Calderón nació en 1927 en Michoacán y se formó en pintura y grabado en la Academia de San Carlos, bajo la influencia de la Escuela Mexicana de Pintura. Una de sus grandes influencias fue José Guadalupe Posada. De él retomó no sólo el arquetipo mexicano de la calaca, sino la idea del grabado como un vehículo de protesta social. En la exposición destacan varias calaveras que realizó el longevo Mexiac ya en el siglo XXI —El diablo y la muerte, Paseándonos, Los novios, Tomando la sopita—.
A los diecisiete años cambió su apellido Mejía por Mexiac. Esta declaración de identidad anticipó su trayectoria como uno de los artistas más comprometidos con la realidad social del país. Fue una de las figuras centrales de la tercera generación del Taller de Gráfica Popular, el colectivo fundado en 1937 que elaboraba grabados como herramientas políticas. Desde ahí produjo carteles, folletos y materiales de denuncia con un lenguaje claro, directo y, sobre todo, pensado para circular.
Los grabados publicados en Ceteme, órgano de la Confederación de Trabajadores de México, datan de las décadas de 1950 y 1960. Semana tras semana acompañaban discusiones sobre conflictos laborales, alzas salariales y huelgas. Entre otras demandas, defendían la jornada laboral de cuarenta horas. Más de medio siglo después, en pleno debate para reducir la jornada legal de 48 horas esas imágenes confirman que esas luchas continuan. Este conjunto de grabados, conocido como la Serie CTM, muestra su atención constante al mundo obrero. Aparecen trabajadores reunidos en asamblea, marchas, patrones abusivos y funcionarios indiferentes. Impresas en papel periódico y concebidas para la inmediatez, difícilmente estaban destinadas a sobrevivir. Verlas hoy bajo vitrinas revela tanto su potencia como la paradoja de su conservación.
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Si una imagen condensa la obra de Mexiac, es Libertad de expresión (1954). En ella, un hombre de rasgos indígenas aparece con la boca asegurada por una cadena y un candado que lleva la inscripción “Made in USA”. El grabado fue creado como protesta contra el golpe de Estado perpetrado por Estados Unidos contra el presidente guatemalteco Jacobo Árbenz, pero con los años ha sido retomado en distintos contextos para denunciar la represión. Circuló durante el movimiento estudiantil de 1968 como emblema contra la censura del gobierno de Gustavo Díaz Ordaz. Décadas más tarde fue citado por Steven Spielberg en la película Munich, un thriller histórico sobre la persecución y el terrorismo tras los Juegos Olímpicos de 1972. Aunque creada para un evento específico, la imagen habla entonces un lenguaje universal sobre la censura y el silenciamiento.
Sin embargo, el trabajo de Mexiac no se limitó a la denuncia. Entre 1953 y 1970 colaboró con el Instituto Nacional Indigenista, donde produjo materiales educativos bilingües dirigidos a comunidades originarias. En la exposición destacan Aprendo a leer. Cartilla mixteca y los primeros cuadernos de trabajo de la cartilla purépecha. Con un trazo directo y sintético, realizaba imágenes claras y funcionales con la intención de integrar a los pueblos originarios al proyecto nacional.
Al ver la obra de Mexiac exhibida, me pregunto inevitablemente por la vigencia de una gráfica hecha hace décadas y pensada para circular con inmediatez. Es cierto que, como indica el título de la muestra —“y su tiempo”—, Mexiac se concentraba en los acontecimientos de su presente. Sin embargo, las demandas laborales persisten, la protesta no ha dejado de generar fricciones con la autoridad y la libertad de expresión ha enfrentado retrocesos visibles. Así, la obra de Mexiac no es realmente una reliquia, sino un espejo al México actual.
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