Por Javier Senosiain

Desde niño he tenido contacto con la imagen de la Universidad Nacional Autónoma de México, gracias a que mis padres cursaron sus estudios en la Escuela Nacional de Ciencias Químicas en Tacuba. Ellos nunca perdieron el vínculo debido a que siempre apoyaron los eventos relacionados con su plantel de origen y, más adelante, con la Fundación UNAM. Además, mis dos hermanos mayores también se formaron en la Facultad de Química de la Máxima Casa de Estudios.

De modo que yo no dudé en aplicar para el examen de admisión a la entonces Escuela Nacional de Arquitectura en 1967. Fui muy afortunado de tener como maestro a Mathias Goeritz durante los dos primeros semestres; sus clases nos motivaron de un modo muy especial porque nos enseñaba a ver los espacios de otra manera, a utilizar los colores, a enfrentarnos con la volumetría y con lo monumental. El segundo año elegí seguir la materia de Proyectos con el arquitecto Ernesto Gómez Gallardo, a quien le aprendí elementos muy valiosos de la arquitectura. Continué estudiando, como la mayoría de mis compañeros, con altas y bajas, con desvelos, jugando futbol y, a veces, reprobando alguna asignatura. Fue hasta el final de la carrera, durante el proceso de la tesis —que en aquella época se conocía como “La encerrona”, porque pasabas los días encerrado en un salón desarrollando el proyecto—, cuando me di cuenta de que tenía que modificar el concepto de lo que estaba realizando, porque consistía en un centro cultural y deportivo que yo estaba encasillando dentro de elementos ortogonales, cuando algo que caracteriza al deporte es el ser fluido; entonces, de golpe, cambié el partido por formas libres que se adaptaban a las curvas del terreno.

A partir de aquel momento surgió en mí la inquietud por la búsqueda de espacios curvos, los cuales pienso que son más humanos al ser parte de la misma naturaleza. Durante varios años me concentré en la investigación del espacio natural del hombre; de ahí nació la Casa Orgánica y, más adelante, el libro Bioarquitectura.

Mi trabajo en la Facultad de Arquitectura en CU ha sido muy enriquecedor, pues he tenido la oportunidad de convivir con varias generaciones como maestro y secretario académico, y también dirigiendo tesis e impartiendo la Cátedra Federico Mariscal.

En los últimos 50 años he podido combinar la docencia con la investigación y la práctica profesional. Gran parte de mi vida ha sido una aventura por el serpenteante mundo de la arquitectura orgánica.

Aprecio y admiro a los profesores e investigadores de la UNAM, personas muy valiosas por sus conocimientos y entrega a la Universidad. Asimismo, me siento agradecido y afortunado de pertenecer a esta institución que me ha dado tantas oportunidades dentro de mi vida profesional.

Destaco la labor que ha tenido la Fundación UNAM en el desarrollo de la comunidad universitaria a lo largo de sus 33 años de vida.

Arquitecto

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