Más allá de la innegable huella que Metrópolis ha dejado en la historia del cine (su influencia sobre Blade Runner es uno de los ejemplos más visibles) y del intento de leerla como una ventana al futuro, una especie de profecía, hay que abordar la película de Fritz Lang desde su espíritu, lo que subyace en la trama y está perfectamente vigente, afirma en entrevista Jorge Ayala Blanco, uno de los críticos de cine más importantes de América Latina y columnista del suplemento Confabulario.
Precisamente, en 2026 transcurre la visión ficticia y distópica que Lang, pilar del expresionismo alemán, proyectó sobre Metrópolis. La alienación, los hilos de la humanidad manipulados por la tecnología, el concepto de masa hiperfocalizada son algunos elementos del espíritu de la película que perviven a 100 años de su rodaje y primera proyección, aunque su estreno oficial fue el 10 de enero de 1927 en Berlín.
Para la ensayista Adriana Bellamy, Metrópolis es la culminación, la apoteosis, el cénit de los relatos de ciencia ficción. “Es un modelo proyeccional muy interesante, abre todo un espectro de preguntas que se van a seguir retomando en el siglo XX”, señala.
La periodista española Marta Peirano, especializada en derechos digitales y ciberseguridad afirma: “Es tan visionaria que contiene todos los elementos del momento que vivimos novedosamente: un tecnoligarca que habita un mundo de libertad, belleza y placer gracias a una tecnología de vigilancia y explotación que ha convertido al resto del mundo en esclavos deshumanizados de una ciudad-máquina subterránea que los consume y los devora. La invisibilidad de los obreros hace que la máquina parezca funcionar sola: la fantasía última de la IA, algo que llamamos fauxtomatización”.
Peirano, autora de El enemigo conoce el sistema (Debate, 2019), continúa: “Al mismo tiempo, hay otra IA que se hace pasar por humana para hipnotizar a la masa con sus bailes y polarizarla con sus campañas de desinformación. La novela original de Thea von Harbor estaba más preocupada por la historia de amor de los protagonistas. La genialidad de Fritz Lang es llevarla al territorio de Lewis Sinclair, pero con una estética que refleja poderosamente el poder de seducción de la máquina que critica, y la facilidad con la que los cuerpos mecanizados por un algoritmo invisible se entregan a su seducción”.
El espíritu de Metrópolis —retoma la palabra Ayala Blanco— se opone a una especie de premonición de algo que es perfectamente vigente en la actualidad: el tecnofascismo. “Ese tecnofascismo es un tanto intangible. Para mí no es necesario presentar a los esclavos disciplinados, basta con los esclavos del algoritmo que vienen a ser exactamente lo mismo. Toda esta idea de un mundo dividido en dos, entre los amos y los esclavos, se da perfectamente en la época actual. Incluso diría yo que ese espíritu de Metrópolis es el de la aceptación total: la gente que vota por un mamarracho en contra de sus propios intereses, la dominación que se planteaba en Metrópolis no es necesariamente la insurrección de los esclavos que vemos en la película”. Para el autor del Abecedario del cine mexicano, la cuestión, el escenario del presente, lo que se respira en el ambiente es el espíritu que ya estaba en Metrópolis.

Bellamy ofrece un dato clave, revelador: Metrópolis fue una de las películas favoritas de Hitler. Pero no se trata, señala, de que la película de Lang esté bajo esa tónica, sino que proyecta la imagen del mundo en un momento crucial del siglo pasado y que terminará por mutar en el horror: “Es este tipo de sociedad un poco espeluznante de los cabecillas que son, digamos, dueños de toda la potencia y el desarrollo tecnológico que implica una serie de consecuencias a nivel social, sobre todo en el sentido de opresión, de aplastamiento total del ser humano en esta masa que se mueve de manera gráfica y alimenta a la máquina. La obliteración total del hombre por la máquina”, afirma Bellamy.
La película, en ese sentido, se reactualiza con el presente. En otras palabras, tienen el mismo código genético: “También está la idealización de la tecnología como el máximo cauce de la humanidad o el punto más alto. Y el hecho de que termina por volverse lo contrario. De manera un poco terrorífica, Lang está apuntando a eso porque es el momento crucial de transformación política de su propio país”, añade Bellamy y recuerda que Lang tuvo que huir de Alemania.
Cuando Ayala Blanco hace una lectura cruzada con los hechos del presente, cuando ve a la gente votar por figuras como Javier Milei o Donald Trump, cuando es testigo de la aceptación del propio engaño en la sociedad —ese estar a favor de aquel que te oprime y que en este caso son los dueños de la tecnología en el nivel más alto— también reconoce el universo cifrado de Metrópolis.
“Todo lo que acompaña al tecnofascismo, la alianza de los poderes: el poder político, el poder de las empresas, las élites financieras unidas, la vigilancia masiva constante que estamos viviendo... Ya no es necesario que sea como en la película, basta con los algoritmos, con la Inteligencia Artificial, con los sistemas avanzados para monitorear a los ciudadanos en cualquier momento, la extracción de datos con la que ya saben cómo manipular nuestras preferencias y comportamientos están ya planteados para la población sin necesidad del bagaje que se muestra en la película. Por esa razón, lo que tiene una vigencia total es la sustancia de Metrópolis. Los esclavos de la tecnología me remiten de inmediato a eso”, abunda Ayala Blanco.
Palabras que se empalman con las del académico Ricardo Falla, jefe del Departamento de Filosofía y Teología de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya en Perú, que ha reflexionado, en diversos artículos, sobre el tema: “Hay cuatro o cinco elementos que han ganado en resignificación: el primero es el más evidente, la división del mundo en dos grandes estratos: el estrato de los poderosos y el de los invisibilizados. El inframundo, hoy en día, no es este inframundo de las fábricas, sino el de los precarizados, el de la economía de servicios algorítmicos que trabajan para los sectores medios y altos”.
Para Falla otra cuestión relevante es el planteamiento de la soberanía corporativa que está sobre los estados: “En ese sentido creo que Lang fue un visionario. ¿Hasta qué punto las empresas son más poderosas que los mismos Estados? En la película de Lang no hay Estado, tampoco hay parlamento ni instituciones de la república que uno podría ver. Es un poco el sueño de los tecnofeudales y de alguien como Elon Musk”, concluye.
Además de que 2026 y 2027 son años de aniversario para Metrópolis, el Goethe-Institut en México ofrecerá una función especial para arrancar la celebración de los 60 años del Instituto y abrir el 25 Festival de Cine Alemán el 24 de septiembre, a las 19:00 horas, en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris. La cinta estará musicalizada en vivo por el ensamble 2Contrabajos, proyecto conformado por Quique Rangel, de Café Tacvba, y Mike Sandoval, concierto en el que los acompañará Denise Gutiérrez de Hello Seahorse!
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