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Seguramente usted, amigo lector, preguntará el por qué del título de este trabajo y lo hace con toda justicia. Recordemos la frase más famosa y conocida del insigne filósofo madrileño: “Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella, no me salvo yo”.
Si para alguien aplican estas 17 palabras, medibles también en una tonelada de sabiduría, es para Alex Cora, manager de los Red Sox de Boston y para sus dirigidos.
Cuando llegó al equipo este año, Cora dijo a sus muchachos que cuando le había tocado ser su oponente como coach de banca de los Astros, eran un equipo predecible para trabajar. Dejaban pasar muchos lanzamientos bateables y en consecuencia, tragaban ponches en cantidades industriales.
De acuerdo con la filosofía que llegó con el puertorriqueño, la consigna era ahora aprovechar lo que concedían los oponentes y sacar jugo de los pitcheos bateables. No todo serían swings de golfista buscando el cuadrangular de tres carreras. Si alguien quería ganarle a Boston, tendría que vencer a un grupo de peloteros que se sabía ajustar, que sabía que cada turno al bat debía contar y que debía ser tomado de acuerdo a la situación y circunstancia específica, no conforme a mantras arrojados por números fríos que muchas veces no consideran la variable intangible que conlleva el ajustarse sobre la marcha precisamente para salir de la hipótesis comprobada que tal número pretende pretenciosamente comprobar como verdad evidente y cuasi absoluta.
Explicado en buen veracruzano, está el caso de Steve Pearce, una pieza que llegó a Boston en principio para macanear lanzadores zurdos. En esta Serie Mundial puede etiquetársele como el héroe anónimo de los primeros dos encuentros.
En ellos, Dave Roberts ha optado frente a él, por traer a Ryan Madson, el hombre que solía traer la paz a Roberts y Dodgers que le acompañan sacando los outs clave. En la lógica de Roberts, Cora hubiera traído a batear a Mitch Moreland, quien tiene una mejor reputación contra diestros. No lo hizo. Confiando en la filosofía que llegó a imponer en el dugout bostoniano, Cora sabía que Pearce podía ajustarse y trabajar por lo menos una base por bola.
Roberts no ha tenido la misma confianza entre quienes lo propulsaron a punta de cuadrangulares a esta Serie Mundial. Dos noches consecutivas dejó en la banca los maderos de sus jonroneros más prolíficos. Muncy, Bellinger y Pederson quedaron calentando ocote, pues los números vistos como mantra supremo, decían que no tenían la menor oportunidad ante lanzadores zurdos. Como decían de Pearce contra pitcher derecho.
Hoy se miden en juego que parece la última llamada a misa en el infierno para Dodgers; el novato Walker Buehler por Los Angeles y Rick Porcello por Boston.
Leve ventaja monticular para los Dodgers, ante la cual seguramente sabrá ajustarse Boston. Si lo consiguen, Cora habrá de demostrar a Roberts y a la oficina de los Dodgers con su desmedida afición a la SaberMENTIRA otra frase lapidaria del pensador madrileño: “Algunas personas enfocan su vida de modo que viven con entremeses y guarniciones. El plato principal nunca lo conocen”.
Si para alguien aplican estas 17 palabras, medibles también en una tonelada de sabiduría, es para Alex Cora, manager de los Red Sox de Boston y para sus dirigidos.
Cuando llegó al equipo este año, Cora dijo a sus muchachos que cuando le había tocado ser su oponente como coach de banca de los Astros, eran un equipo predecible para trabajar. Dejaban pasar muchos lanzamientos bateables y en consecuencia, tragaban ponches en cantidades industriales.
De acuerdo con la filosofía que llegó con el puertorriqueño, la consigna era ahora aprovechar lo que concedían los oponentes y sacar jugo de los pitcheos bateables. No todo serían swings de golfista buscando el cuadrangular de tres carreras. Si alguien quería ganarle a Boston, tendría que vencer a un grupo de peloteros que se sabía ajustar, que sabía que cada turno al bat debía contar y que debía ser tomado de acuerdo a la situación y circunstancia específica, no conforme a mantras arrojados por números fríos que muchas veces no consideran la variable intangible que conlleva el ajustarse sobre la marcha precisamente para salir de la hipótesis comprobada que tal número pretende pretenciosamente comprobar como verdad evidente y cuasi absoluta.
Explicado en buen veracruzano, está el caso de Steve Pearce, una pieza que llegó a Boston en principio para macanear lanzadores zurdos. En esta Serie Mundial puede etiquetársele como el héroe anónimo de los primeros dos encuentros.
En ellos, Dave Roberts ha optado frente a él, por traer a Ryan Madson, el hombre que solía traer la paz a Roberts y Dodgers que le acompañan sacando los outs clave. En la lógica de Roberts, Cora hubiera traído a batear a Mitch Moreland, quien tiene una mejor reputación contra diestros. No lo hizo. Confiando en la filosofía que llegó a imponer en el dugout bostoniano, Cora sabía que Pearce podía ajustarse y trabajar por lo menos una base por bola.
Roberts no ha tenido la misma confianza entre quienes lo propulsaron a punta de cuadrangulares a esta Serie Mundial. Dos noches consecutivas dejó en la banca los maderos de sus jonroneros más prolíficos. Muncy, Bellinger y Pederson quedaron calentando ocote, pues los números vistos como mantra supremo, decían que no tenían la menor oportunidad ante lanzadores zurdos. Como decían de Pearce contra pitcher derecho.
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