Dieciocho milímetros, lo que mide una uña o un cacahuate, puede ser la medida de una tragedia. Datos de la Organización Meteorológica Mundial (OMM), desde principios de este siglo el derretimiento de los glaciares ha contribuido a un aumento de 18 milímetros en el nivel de los océanos.
Cada milímetro significa exponer a entre 200 y 300 mil personas a posibles inundaciones. Los glaciares son una reserva natural de agua que se vacía lentamente.
Esta pérdida de las reservas naturales de agua que albergan los glaciares en el mundo es solo una vertiente del problema. El informe histórico presentado recientemente por la Universidad de las Naciones Unidas declara que la Tierra ha entrado en una era de “quiebra hídrica global”, un punto sin retorno donde la demanda humana ha rebasado de forma irreversible los ahorros de agua concentrados en fuentes naturales.

Glaciares y humedales
Desde hace 50 años los glaciares han perdido una masa de hielo de nueve billones de toneladas, la ONU lo ha comparado con un bloque del tamaño de toda Alemania con un grosor de 25 metros. Más de dos tercios de esa pérdida se ha registrado en este siglo. Tan solo en 2024 se derritieron 450 mil toneladas del hielo glaciar, la cuarta mayor marca histórica.
El estudio subraya que cordilleras de latitudes bajas y medias en todo el mundo corren el riesgo de perder glaciares funcionales en las próximas décadas, lo que socava la seguridad a largo plazo de cientos de millones de personas que dependen de los ríos alimentados por glaciares y el deshielo para obtener agua potable y de riego, así como la que mueve la energía hidroeléctrica.
Los epicentros del deshielo no discriminan geografías. En los últimos dos años se perdió el 10% de la masa glaciar de los Andes, y desaparecieron los glaciares que quedaban en Venezuela y Eslovenia, situados en sus montañas más elevadas, el Pico Bolívar y el Monte Triglav, respectivamente. Pero en lo que va del siglo se ha perdido 5% de la masa total de los glaciares.
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Los humedales también han sido destruidos a escala continental. Una definición amplia de este término incluye lagos, ríos, acuíferos subterráneos y otros ecosistemas con sitios artificiales como presas y estanques. Aunque sólo cubren alrededor del 6% de la superficie terrestre, los humedales dan asilo a 40% de todas las especies vegetales y animales que viven o se reproducen en ellos. El reporte calcula que durante las últimas cinco décadas, el mundo ha perdido 410 millones de hectáreas de humedales naturales, casi la superficie terrestre de la Unión Europea.
Más de la mitad de los grandes lagos del mundo han perdido agua desde principios de 1990, lo que afecta a una cuarta parte de la población mundial que depende de ellos para su seguridad hídrica. Un caso emblemático es el lago Chad, que alguna vez fue uno de los lagos más grandes de África. Ubicado en una zona socialmente muy compleja, el lago es compartido por Camerún, Chad, Níger y Nigeria. Su cuenca, que se extiende hasta Argelia, Libia y Sudán, ofrece el sustento de casi 40 millones de personas.
En los últimos 60 años, el tamaño del lago ha disminuido 90% como resultado del uso excesivo del agua, la sequía prolongada y los impactos del cambio climático. Su superficie ha pasado de 26 mil kilómetros cuadrados en 1963 a menos de mil 500 kilómetros cuadrados en la actualidad. La reducción, que, califican de un desastre ecológico, no sólo ha destruido los medios de subsistencia sino que implica una pérdida de biodiversidad invaluable.
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Sin duda, los humedales son uno de los hábitats más amenazados de la Tierra. Alrededor del 85% de los humedales presentes en 1700 se habían perdido a principios de este siglo, muchos de ellos drenados para convertirlos en zonas urbanizadas o agrícolas. Su desaparición, tres veces más rápida que la de los bosques, supone una amenaza existencial para cientos de miles de especies animales y vegetales.
Representan la pérdida de alrededor de 177 millones de hectáreas de marismas y pantanos continentales, lo que sería siete veces la superficie del Reino Unido. El reporte de la ONU también ofrece cifras económicas del impacto. La pérdida de servicios ecosistémicos de estos humedales se valora en más de 5.1 billones de dólares, el equivalente al PIB anual combinado de unos 135 de los países más pobres del mundo.
La pérdida es profunda, pues se trata de ecosistemas vitales para el bienestar y la seguridad de los seres humanos. Se calcula que más de mil millones de personas en todo el mundo dependen de ellos para su subsistencia, es decir, aproximadamente una de cada ocho personas en la Tierra.
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Inseguridad hídrica
El reporte global pinta un panorama desolador con cifras que subrayan que el 75% de la población mundial vive en países donde el agua es escasa o insegura; esto también tiene que ver con la sobreexplotación de aguas subterráneas. Dos mil millones de personas habitan sobre terrenos que se hunden por tal motivo.
La extracción de las aguas subterráneas es una vuelta sin retorno, pues provoca la disminución del nivel freático, lo que conlleva riesgos ambientales críticos como la desecación de cuerpos hídricos y la subsidencia que daña infraestructura y que ha contribuido a un hundimiento significativo del terreno en más de seis millones de kilómetros cuadrados (casi 5% de la superficie terrestre mundial), incluidos más de 200 mil kilómetros cuadrados de zonas urbanas y densamente pobladas donde viven cerca de dos mil millones de personas.
En algunos lugares, señala el reporte, el terreno se hunde hasta 25 centímetros al año, lo que reduce la capacidad de almacenamiento y aumenta el riesgo de inundaciones. Otros efectos de la extracción de agua subterránea es la salinización en acuíferos costeros y la contaminación de las reservas de agua potable. El resultado son sistemas acuáticos que tienden a la desertificación del terreno, como acuíferos compactados y lagos sin capacidad de nutrirse nuevamente.
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Los autores del informe señalan que la agricultura, que consume el 70% del agua dulce, es uno de los más importantes epicentros del colapso. La degradación de la tierra y el suelo por malas prácticas amplifica los riesgos relacionados con el agua. Más de la mitad de las tierras agrícolas mundiales se encuentran moderada o gravemente degradadas, lo que reduce la retención de humedad del suelo y empuja a las tierras áridas a la desertificación.
Cuando los cultivos se secan en una región se alteran los precios de los alimentos, por lo que el informe hace un llamado a transformar de manera urgente la agricultura y blindar los ecosistemas que aún producen agua.
La sequía es cada vez más antropogénica y costosa. Se calcula que más de mil 800 millones de personas vivieron en condiciones de sequía entre 2022 y 2023. Sus daños, intensificados por la degradación de la tierra, el agotamiento de las aguas subterráneas y el cambio climático, ya ascienden a 307 mil millones de dólares al año en todo el mundo, una cifra superior al PIB anual de casi tres cuartas partes de los Estados miembros de la ONU.
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El problema ya está aquí y se esperan condiciones aún más graves a muy corto plazo. Se espera que en 2030 el uso de agua aumente un 40% por una combinación de factores como el cambio climático y el crecimiento demográfico, aunque hoy en día ya es excesivo en algunas ciudades. Por ejemplo, el consumo promedio de agua al día en la CDMX es de 366 litros diarios por persona, siendo el consumo residencial el más elevado con 567 litros en promedio por habitante al día.
En las urbes, los problemas de fugas y desperdicio potencian el problema. El costo se estima en más de 140 mil millones al año en todo el mundo y una tercera parte de estos casos ocurren en países en desarrollo, donde casi 45 millones de metros cúbicos se desperdician diario en las redes de distribución.
La ONU nos incluye en la lista de lugares donde el recurso hídrico es más desaprovechado. En el Valle de México, Río de Janeiro, Buenos Aires, Bucarest , Sofía y Nairobi, la mitad del agua se desperdicia. Esta cantidad de agua podría abastecer a 200 millones de personas.
Además de buscar blindar los ecosistemas naturales del recurso hídrico, existen iniciativas globales para tratar de retener el recurso en las urbes. La ciudad esponja es una solución que aprovecha la infraestructura urbana verde, desde la revegetación de superficies impermeables hasta los techos verdes y humedales construidos, pueden aumentar la disponibilidad de agua, además de reducir el riesgo de inundaciones; sin embargo, son iniciativas a largo plazo que requieren recursos y políticas sociales que se ven tan lejanas como el espejismo del agua en medio del desierto.
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