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El paseo militar que el socioliberal Emmanuel Macron podía esperar hacia el Palacio del Elíseo comenzó ayer de la peor de las formas posibles para él, con una hábil maniobra política de su rival, la ultraderechista Marine Le Pen, que lo dejó fuera de juego con una inesperada visita a una fábrica.
Por sorpresa y demostrando la cintura política que siempre se le ha atribuido, Le Pen apareció junto a los trabajadores en huelga de la fábrica de Whirlpool en Amiens (norte), que será deslocalizada, mientras Macron se reunía a puerta cerrada con los sindicatos en la Cámara de Comercio.
El poder de la imagen fue devastador: el baño de masas de la ultraderechista, entre selfies a las puertas de la planta y gritos de “¡Marine presidenta!”, difundido al mismo tiempo que la reunión de un Macron cariacontecido frente a una magra representación sindical.
Cuando posteriormente el candidato del movimiento ¡En Marcha! se dirigió a la fábrica que amenaza con cerrar, fue recibido con silbidos.
Rodeado por los trabajadores —entre los que había miembros del Frente Nacional de Le Pen, según los medios franceses—, Macron argumentó que no puede “prohibir a una empresa cerrar una fábrica, porque eso no es posible. Si no, ninguna empresa más vendría a invertir en Francia”.
Le Pen, quien quedó en segundo en la primera vuelta del domingo pasado, emitió un comunicado con sus propuestas para evitar la fuga de empresas, entre ellas tasar al 35% cualquier producto que salga de una fábrica deslocalizada y que sea vendido en el mercado francés. Macron la acusó de hacer falsas promesas. “La respuesta no es frenar la globalización y cerrar las fronteras”, dijo.
Macron es considerado como amplio favorito en las encuestas para el balojate del próximo 7 de mayo. En la primera ronda obtuvo 24% de los sufragios, frente al 21.3% de Le Pen.
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