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Un busto de Nicolás II, el último zar de Rusia, ubicado en Simferópol, en Crimea, ha convocado multitudes y levantado polémica por la creencia de que le brotan lágrimas de los ojos.
Natalia Poklonskaya, una ex fiscal de Crimea, dijo que las lágrimas “son un milagro que ni los científicos ni nadie puede explicar”.
Sin embargo, la Iglesia ortodoxa rusa pidió a los creyentes cautela. “Creo que hay que mantener una actitud de calma y no caer en la manía de los milagros", dijo a la radio Eco de Moscú el sacerdote Pável Florenski, responsable del grupo de estudio de señales milagrosas. Nicolás II es considerado santo por la Iglesia ortodoxa rusa.
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