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Antes de pensar en las tendencias políticas en América del Sur, hay que constatar un dato económico primordial: el “superciclo” de las commodities, con el barril de petróleo a 100 dólares y la tonelada de soja a 700, terminó. Ese solo dato está en el origen de cualquier explicación de por qué el desorden económico venezolano se transformó en descontrol, de por qué Brasil se encontró de golpe con la factura fiscal de su programa de aceleración del crecimiento y de por qué Argentina se instaló en una meseta de estanflación hace cuatro años. Contra ese telón de fondo, Nicolás Maduro peleó una batalla perdida por mantener el control del poder legislativo, Dilma tuvo que esforzarse por ser reelecta con su penúltimo suspiro y los peronistas de Cristina Fernández de Kirchner malograron su continuidad.
El periodismo, obligado a sintetizar, y los analistas y politólogos, obligados a clasificar, estarán tentados de hablar de una “ola” o de un “viraje”, poniendo el acento en lo más evidente: partidos con un parecido de familia (muy lejos de ser idénticos) son derrotados o apenas logran mantenerse en pie al mismo tiempo. Una explicación de su declive en espejo con la explicación de su ascenso que se volvió vulgar a mediados de la década pasada. Sin embargo, basta remover una capa superficial de esa explicación para ver cómo cada situación se decide en clave estrictamente nacional. El electorado de ninguno de los países que nos ocupan decide sus preferencias empezando a leer el diario por la página de internacionales, ni desayuna viendo canales internacionales de noticias. Los cambios en cada país obedecen a procesos internos que maduraron con total independencia de lo que sucedía en los países vecinos y no reciben otro empujón externo que el del deterioro de las condiciones en las que cada país vende sus materias primas exportables. Ninguna imagen más equivocada que la de un “viento de cambio” ideológico.
Mirando hacia adelante, hay que prevenirse también de explicar el estancamiento de iniciativas subregionales como el Mercosur a partir de estos cambios, cuando en realidad hace tiempo que sólo es capaz de producir declaraciones retóricas y no avanza más allá de su configuración actual como una zona de libre comercio imperfecta.
Es poco probable que las relaciones entre los países de América del Sur cambien demasiado. Un gran cambio ya se ha producido y es de impacto limitado: el nuevo gobierno argentino ha roto lanzas con el gobierno de Nicolás Maduro, pero ni eso es seguro que afecte el aspecto comercial que estructura la relación entre los respectivos Estados.
Es un tiempo de cambios, sin duda, dentro de tres de los cuatro países más grandes del subcontinente. Pero hay que ser muy prudente en anunciar cambios en las relaciones entre países a raíz de esto: el statu quo actual, de paz y vocación de cooperar, es beneficioso para todos. “Si no está roto, no lo arregles”, gustan de decir los estadounidenses: tal vez sea lo que tienen en mente los nuevos liderazgos que hacen su aparición en América del Sur.
Sociólogo (Universidad de Buenos Aires),
coordinador del Programa de Política Internacional del Laboratorio de Políticas Públicas de Argentina (http://www.lppargentina.org.ar/).
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