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Monumentos y esculturas adornan esta importante avenida de la Ciudad de México, que sobre sus laterales se levantan grandes hoteles, edificios de oficinas, bancos, embajadas, y el edificio más alto de la capital
Además de ser una avenida elegante, el Paseo de la Reforma, es el aparador de la ciudad desde que Maximiliano de Habsburgo mandó trazarla como vía imperial para nombrarle “Paseo de la Emperatriz” o del “Emperador”.
Durante la administración del presidente Adolfo López Mateos, el regente capitalino Ernesto P. Uruchurtu inició las obras para la prolongación del Paseo de la Reforma, que entonces terminaba en la Glorieta del Caballito, para continuar hacia el norte, casi en línea recta, hasta los linderos de Peralvillo.
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La distancia cubierta fue de unos tres kilómetros, abriéndose paso entre las construcciones que ahí se situaban.
Uno de los objetivos principales era comunicar el naciente proyecto de la Unidad Habitacional Tlatelolco y la vecina Secretaría de Relaciones Exteriores, con el centro de la ciudad.
La ampliación culminó en noviembre de 1964, coincidiendo con el fin de ese sexenio.
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