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Andrés Manuel López Obrador ganó la elección presidencial encabezando un movimiento nacional, traducido en treinta millones de votos, más de 50% del total, sin precedentes en una elección mexicana. Triunfó contra una casta que en la campaña electoral, a través de declaraciones, mensajes racistas, clasistas, expresó rabia, contenida ante el contundente triunfo de AMLO. Pero la rabia no ha desaparecido, están al acecho de cualquier frase, acto, fotografía de cualquier persona vinculada a AMLO para intentar descalificar a todo el movimiento, montando un escándalo político, señalando supuesta incongruencia como ejemplo de deshonestidad que impedirá cumplir el programa de cambios prometido por AMLO.
Los escándalos políticos han sido estudiados desde diversas disciplinas, destacando John B. Thompson, profesor de la Universidad de Cambridge, ganador en 2001 del prestigiado Premio Europeo Amalfi de Sociología y Ciencias Sociales por su obra Escándalo Político. Thomson parte del origen grecolatino y judeocristiano primitivo del concepto: “skandalon era una figura, una trampa, obstáculo, o causa de un tropiezo moral”. Este sentido perverso evolucionó: “en la Francia del siglo XI: “scandre significaba calumnia; en la modernidad la producción de escándalos mediáticos viene configurada… por determinados individuos que utilizan formas de comunicación mediática para promover sus propios objetivos políticos (…) El escándalo favorece las aspiraciones de los oponentes políticos, que sólo persiguen obtener los beneficios que puedan derivarse de cualquier perjuicio ocasionado a la reputación del contrario”. Thompson precisa: “los escándalos son luchas por la obtención del poder simbólico, estando en juego la reputación, la confianza, que es un aspecto del capital simbólico y consiste en el aprecio o estima relativa que un determinado grupo de personas concede a un individuo o una institución… Hay dos tipos de reputación… 1) la que está ligada a las habilidades de cada quién y 2) la que está ligada al carácter, que uno adquiere por ser veraz y digno de confianza, una persona íntegra y honesta… es preciso exhibir a lo largo del tiempo una pauta de conducta que otras personas puedan considerar merecedora de su estima”. Finalmente Thompson destaca: “algunos sectores de la prensa y algunas de las instancias y organizaciones que operan en las esferas mediática y política han perfeccionado el arte de explotar las indiscreciones personales e intentan movilizar de forma sistemática el poder simbólico en contra de los dirigentes políticos”. Y, concluye Thompson, esto tiene dos posibles consecuencias: 1) los escándalos políticos, …al contribuir a una desconfianza generalizada y profunda, pueden generar formas debilitadas de gobierno… contribuir a producir una especie de parálisis política, ya que los dirigentes se ven obligados a consagrar una gran parte de su tiempo y de su energía política a apuntalar una administración sitiada… pueden producir formas de gobiernos débiles en otro sentido”. 2) los escándalos políticos “pueden contribuir a generar una actitud de profunda desconfianza entre algunos sectores de la población, lo que llevaría a la generalización de unos deficientes niveles de interés y participación”.
Thompson revisa muchos casos de escándalos vinculados a la esfera política, basados en actos reprobables reales o en construcciones perversas difundidas en medios de comunicación con toda la intención de difamar, dañar moralmente a políticos con reputación. El resultado de las elecciones mexicanas de julio pasado, debe alertarnos sobre este tipo de ataques concertados para intentar desprestigiar al movimiento nacional popular ganador, para inhibir los cambios anunciados, distraer o paralizar su gobierno. No lo lograrán, como señaló Thompson, el prestigio se gana con el paso de muchos años y AMLO es el mejor ejemplo, es como las habilidades, la honestidad y el trabajo están blindados contra campañas de desprestigio, escándalos políticos.
Ex senador
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