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“¡Cinco, cinco goles se van a comer, hagan sus pronósticos!”, gritaban algunos que transitaban por el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, y que se percataron de la presencia de la selección de El Salvador, rival de México en el inicio de las eliminatorias hacia el Mundial de Rusia 2018.
La Selecta, comandada por Ramón Maradiaga, trata de pasar de largo, no quiere engancharse. Los jugadores evaden a la prensa, quieren concentrarse en lo que viene.
Detrás de ellos aparecen las playeras azules con el 10 del ‘Mágico’ González. Alrededor de 60 aficionados salvadoreños responden a los gritos mexicanos: “A muerte con la Selecta”, retan y se animan a la espera de un milagro.
Un caballero de aproximadamente 60 años baila para distraer la atención y atraer a los medios. Besa la bandera de su país. “Traigo mi disfraz de pájaro”, asegura en voz alta. “¿Puedo disfrazarme para las fotos?”, pregunta, muy dispuesto.
Los seleccionados salvadoreños, los que pudieron venir después de la rebelión contra su federación, suben al autobús, se aguantan las ganas de contestar, hasta que uno de ellos explota...
“No nos importa que digan que venimos mermados. Que venimos a ser goleados. Vamos a hablar en la cancha, ahí somos 11 guerreros contra 11”, advierte Pablo Punyed, delantero que milita en club IBV del futbol de Islandia.
Maradiaga se acomoda en el primer asiento del autobús. Sonríe y clava la vista en los vehículos que agolpan en la terminal para recoger y dejar pasajeros.
Tiene la mirada perdida, quizá porque sabe lo que le viene encima. Quizá porque conoce el dolor que representa el Estadio Azteca.
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