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Sin corbatas, con informalidad, distendidos, como simples aficionados al beisbol y sonrientes, Barack Obama y Raúl Castro se dieron ayer en la tarde un baño de multitudes en un coliseo deportivo.
Como símbolos del reencuentro Washington—La Habana, una alegre muchedumbre cubana les aclamó cuando ingresaron al estadio Latinoamericano.
En un espectáculo en el que dominaron los colores azul, blanco y rojo—los de las banderas de EU y de Cuba—en las graderías, ambos países volvieron a toparse en un diamante. La selección de Cuba perdió 4-1 ante los Rayos de Tampa Bay, novena de la cercana Florida que entrena para la temporada de Grandes Ligas, en un juego amistoso de un deporte que apasiona a cubanos y estadounidenses y que refleja la añeja influencia de EU esta isla durante la ocupación que inició en 1899 y acabó en 1958, con el triunfo revolucionario.
En la mañana, Obama recordó en un discurso: “Compartimos un deporte nacional, la pelota”.
El partido de “nuestros jugadores”, relató, fue “en el mismo terreno de La Habana en el que Jackie Robinson jugó antes de ser parte de las Grandes Ligas”. Robinson, muerto en 1972, se convirtió en abril de 1947, y como jugador de los Dodgers, en el primer beisbolista afro—estadounidense en unirse a las Grandes Ligas. Pero estuvo en La Habana con su equipo en febrero de 1947.
Obama presentó a Castro con Rachel viuda de Robinson. Los dos se retiraron del juego en torno a la segunda entrada… y salieron aclamados.
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