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ssierra@eluniversal.com.mx
Muchas preguntas se plantearon en el debate sobre la obra de Jill Magid en el MUAC, pero otras quedaron sin resolverse: ¿Trabajó ella en México el proyecto Los Archivos Barragán, con visa de turista?, ¿su obra fue un “trueque” o una “audacia estética”?, ¿quién tiene autoridad para decir lo que el arquitecto hubiera deseado para sus restos?, ¿debieron hablar en este foro los familiares y herederos de Barragán?, ¿debe un museo abrir su curaduría a los espacios de crítica?, ¿Lucra Magid con el nombre de Barragán, aunque asegure que el anillo hecho con sus cenizas no se vende?, ¿no tiene derecho un artista al lucro con su trabajo?, ¿profanó para lucrarse?, ¿se judicializó esta obra?, ¿qué tanto supieron del proyecto, y no dijeron nada, por ingenuidad o interés Patrick Charpenel, Juan Palomar y su esposa Viviana Kuri?, ¿qué conoció de la obra César Cervantes, opositor al proyecto y anterior amigo de Magid?
Como se esperaba no fue suave el primer debate sobre la exposición de Jill Magid en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo de la UNAM: “Es incongruente criticar una fundación sin fines de lucro para adueñarse de un personaje público y utilizarlo con fines de lucro”, dijo César Cervantes, y agregó: “Tolerar la profanación con fines de lucro es tremendamente fuerte”.
Ante una polémica que el curador Cuauhtémoc Medina describió como “arquitectura del ruido”, Jill Magid reiteró a quienes piden la destrucción del diamante y su regreso a la urna que éste es un trabajo artístico y que destruirlo equivale a una censura.
“Obra, fetiche y ley” fue un debate que llenó el auditorio del museo y que fue seguido por más de 9 mil personas en redes sociales y vía streaming. Un debate que tuvo entre el público a dos miembros de la familia Barragán que vinieron desde Guadalajara, Emma Barragán Flores y Alfredo Vázquez Barragán, cada uno con opiniones opuestas sobre el proceso. Además estuvo la escritora Adriana Williams, quien fue gran amiga de Barragán y también heredera, y quien expresó a los medios que era horroroso lo que se había hecho, pues Barragán “era un hombre que protegía su privacidad”.
A la pregunta que sigue abierta sobre a dónde irían los archivos si Federica Zanco aceptara la propuesta de Jill Magid, ella aventuró que podrían ir con la familia, con la misma UNAM: “Sé que es naif, ingenuo, de ahí viene la poesía de esto”.
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