Vivimos una era digital donde el acceso a la tecnología es tan sencillo, principalmente en zonas urbanas, que las nuevas generaciones tienen contacto con dispositivos desde temprana edad. ¿Qué riesgos implica?
No se trata de prohibirlos, sino de establecer límites. “Al estar tan expuestos, pueden experimentar trastornos cognitivos, dependencia, depresión, ansiedad, bajo rendimiento escolar, déficit de atención, insomnio, obesidad y mala visión”, señala la doctora Rocío Reyna, académica de la Universidad Autónoma de Guadalajara.

Impacto de consideración
Los primeros años de vida son cruciales para el desarrollo. En esta etapa, los pequeños aprenderán a caminar, hablar e interactuar, por lo cual necesitan convivir con su entorno para aprenderlo y desenvolverse.
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No obstante, "la ciencia lo confirmó: se han realizado varios estudios y en niños de siete años se observó que, al estar sin control en la red, su desarrollo motor —la destreza de sus movimientos— disminuyó.
“Cerebralmente, hay evidencias de un menor grosor en la parte más externa del hemisferio derecho, dañando zonas vitales para el lenguaje, la empatía y la memoria”, indica Daniel Castro, maestro en Neurociencia Aplicada. El problema no es nuevo: en 2019 se publicó en The Official Journal of the World Psychiatric Association el estudio "El cerebro online", cómo el internet puede estar cambiando nuestra cognición, el cual confirmó que la atención y la memoria se ven afectadas.
“Antes se decía que el cerebro terminaba de desarrollarse a los 21 años, ahora se sabe que es hasta los 25. ¿Qué tantas repercusiones veremos a corto plazo con las nuevas generaciones que crecieron con un celular en la mano?”, plantea la doctora Reyna.
Aumenta ansiedad y depresión
Para la doctora Gina Goldfeder, especialista en psicoterapia y bienestar emocional, los circuitos neuronales también se afectan. Ejemplo de ello es el circuito de la recompensa: las nuevas generaciones tienen menos tolerancia a la frustración, no saben perder, se enojan rápidamente y quieren un estímulo inmediato.

“Su capacidad de atención es de 30 segundos, como cuando deslizan el dedo para ver su feed o historias en redes sociales. Su seguridad o aceptación la validan a través de likes, comentarios o vistas.
“Ya no hay un vínculo afectivo, se reprimen las emociones, el criterio y la creatividad. Es un niño distante, retraído, sin contacto físico con su entorno”, advierte.
En ese tenor, la académica de la UAG añade que la baja autoestima y los desórdenes alimentarios llegan a surgir “gracias a la sobreexposición en la red, donde niños y jóvenes se comparan con otros cuerpos, o con el parámetro de belleza que observan”.
Aunado a ello, presentan problemas de comportamiento, ya sea de relaciones disfuncionales entre hijos y padres, o les cuesta sociabilizar con compañeros de clase o cualquier persona; hay un distanciamiento.
Cibertrastornos o tecnofobias
Cuando la adicción es demasiada, puede haber tecnofobia, que es el pánico o ansiedad cuando no hay señal, la batería está por terminarse, se olvida el teléfono o se pierde. Ocasiona taquicardia, sudoración o dolor de estómago. “Incluso, se quedan en estado catatónico y pasan horas sentados; eso trae problemas de circulación y de postura”, aclara la doctora Goldfeder.

Otras consecuencias son problemas de sueño, se desvelan mientras muchos papás piensan que ya están dormidos, esto provoca que en el día estén cansados y no tengan un buen rendimiento en la escuela.
“Querer frenar el uso de la tecnología no es posible, pero sí debe regularse”, finaliza el doctor Castro, miembro de la Asociación Británica de Neurociencia.
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