Venga de quien venga, atacar a la familia de personajes políticos es deleznable, y hacerlo contra sus hijos, sean estos niños o adolescentes, es aún más ruin.
Resulta que pseudoperiodistas y comentócratas de ocasión han acosado sistemáticamente al hijo menor de Andrés Manuel López Obrador, Jesús Ernesto, que cuando comenzó ese viacrucis era apenas un niño de tan solo 11 años, un pequeñito que vivía con la moda del momento y la necesidad de descubrir aquello que los demás de su edad tienen permitido, menos él, solo por ser hijo de AMLO. Comenzó a ser buleado por personajes reales y también ficticios (bots pagados por los primeros o los primeros escudados cobardemente en el anonimato).
Hace más de un año que documento enlaces, tuits, publicaciones y entrevistas en diversos medios que contienen ataques y referencias con sobrenombres al hijo menor de AMLO. Muchos de estos han sido pronunciados por quienes hoy se solidarizan con quien pasó de victimaria a ser víctima de ese tipo de actos. Esas personas que la gente señala y coloca en la penosa exposición mediática están viviendo en carne propia el dolor de que expongan la dignidad de inocentes. Como madre me duele profundamente y condeno, desde mi humilde trinchera, que eso ocurra.
Lo cierto es que no podemos exigir otra conducta; tampoco tolerarla de la gente que genuinamente está cansada. Han sido años de callar, años de soportar que “nuestros niños del movimiento” sean cruelmente expuestos. Es una respuesta lógica, porque la herida ya está demasiado abierta; ellos, la oposición se han encargado de no permitir que sane.
La oposición no entiende de leyes, no entiende de razones, menos de desarrollo integral y bienestar. Jamás hemos visto que alguien se solidarice si no es que se trata de “los suyos”. Cuando tocan a “los suyos”, ahí se ponen la máscara de padres de la indulgencia, predican valores que no aplican y condenan pecados que ellos mismos cometen; ese es su ADN: la doble moral y el doble rasero.
Aquellas y aquellos que, por sus fobias políticas a los padres, tanto han agredido a inocentes, son madres, padres; tienen madre o padre, biológicamente. De verdad, ¿no les duelen los niños y niñas, adolescentes, todos en su conjunto? ¿No van a parar hasta que sea la ley de la jungla? Sus respuestas son desde la soberbia y la estancia, no desde la razón y la cordura.
Reflexiono sobre esto y pregunto: ¿Hasta cuándo? ¿Hasta dónde? ¿Cuántos inocentes más? ¿Ya ahí la vamos a dejar? ¡Basta ya! Somos corresponsables de las infancias. Una niña o un niño que es acosado, que es víctima de bullying y de persecución, es víctima de un daño considerable e irreversible; es vulnerado en su desarrollo, privacidad, dignidad y bienestar. Esto tiene implicaciones psicológicas y sociales. Hay que poner límites. Si somos sensatos, debe haber consecuencias. Nadie puede ni debe vulnerar la privacidad, bienestar y dignidad de las y los hijos.
Llegamos hasta este punto, nadie debe apostar a dar continuidad, soy una convencida de que la paz cabe y se debe hacer presente. Cito al gran poeta José Martí: “Para el cruel que me arranca el corazón con que vivo, cardo ni ortiga cultivo… cultivo una rosa blanca”.
Maestra en derecho constitucional y derechos humanos